27 de Abril 2004

Marcel.lí, o el caballo de Troya

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Dentro de una serie de artículos de fondo, más extensos de lo habitual y hasta cierto punto intemporales, que iré insertando gradualmente y de los que ya forma parte el que se titula “El contrato leasing del nacionalismo vasco”, hoy ofrezco uno que se refiere a Marcelino Iglesias, presidente autonómico.

Marcelino, el ausente (elaborado el 19-9-03)
Ha sido tal el cúmulo de extrañeza y comentarios suscitados por la presencia ante el Rey de Ibarreche y Pujol, a quienes no se les esperaba en Madrid por motivos de todos conocidos, que ha pasado casi desapercibida la ausencia de un tercer hombre autonómico no menos notable: Marcelino Iglesias.

De Pujol todos sabemos de qué pie cojea, lo suyo es la lluvia sobre la roca, la tenacidad, el adoctrinamiento sin fisuras y sin pausas para, según dice, “fer país” (hacer patria) y educar al catalán de mediados de este siglo recién comenzado. Pujol es un hombre inteligente que no le importa demasiado no ver culminada su obra, sabe que ha sembrado lo suficiente y que otros recogerán la cosecha. Pujol, cuando fue el eje de la bisagra, obtuvo cuanto le apetecía, que fue mucho y bueno. Pero también supo jugar a la ausencia de alboroto en la última legislatura, donde no contaba para la gobernabilidad. Mientras tanto, no cesa en su talante “estalactítico”: La gota de agua que acumula el carbonato.

De Ibarreche poco habría que decir que no se sepa, sus proyectos responden a una ideología esquizofrénica heredada del siglo diecinueve que utiliza cualquier método, incluida la desfachatez de su presencia en Madrid, para dinamitar aquello que se conmemora (25 años de la Constitución española) y para despistar al enemigo. Si en la reunión con el Rey alguien le hubiese susurrado al oído la conocida frase del cuento: "Qué dientes más grandes tienes, abuelita". Lo más probable es que no hubiera podido eludir la respuesta clásica, ¡son para comerte mejor! Ibarreche, con nervios de buen acero vasco —todo hay que decirlo—, ha ejercido de comando junto a su habitual Anasagasti, ese personaje nefando que a través de la prensa no evita pedirle al Rey, el mismo o el anterior día del encuentro conmemorativo, que le atice un pescozón nada menos que al presidente del Tribunal Supremo por la osadía de hablar bien de la Constitución y de advertir de su posible incumplimiento por parte de algunos.

Del tercero de los autonómicos, Marcelino el ausente, nadie sensato afirmaría a bote pronto que es un díscolo con la Carta Magna o con la idea de España. Iglesias pertenece a un territorio sobradamente apasionado e integrado con lo hispánico, donde hasta los nacionalistas de la Chunta tienen “El país (España) en la mochila”. Ahora bien, ¿qué sabemos de Marcelino Iglesias? Por mi parte, bien poca cosa sé, pero conozco una anécdota que quizá muchos ignoren y que no estaría de más que se supiese.

Hace unos años conocí en parte lo que pensaba Marcelino Iglesias Ricou, actual presidente de Aragón. Escuché sus opiniones y sus silencios en una amplia entrevista que Iglesias concedió a “Catalunya Radio”, esa emisora de la Generalitat catalana que se autodefine como la “Radio Nacional de Catalunya” y que se escucha hasta debajo de las piedras gracias a que es la propia Generalitat quien concede las frecuencias.

Recuerdo que el programa en el que a Iglesias se le entrevistó se llamaba “Postres de Músic”. El director, un historiador del tres al cuarto y de lo más adicto al régimen pujoliano, se encargaba al mismo tiempo de dirigir el “Museu de Historia de Catalunya”, auténtico engendro museístico al servicio de la causa nacionalista situado en un tinglado reformado del “Port Vell” de Barcelona, donde, para que se aprecie la solvencia del museo y de su director, basta decir que los Reyes Católicos no han existido y Josep Tarradellas (a quien Pujol declaró odio eterno) tiene tanto mérito histórico como el conductor de tranvías que atropelló a Gaudí.

Si Catalunya Radio se caracterizaba entonces (supongo que sigue igual) por su fobia a todo lo español (la erosionante lluvia sobre la roca) y su devoción a lo que nunca existió, el programa “Postres de Músic” lograba invariablemente la medalla de oro en la carrera de la siembra de odios y la invención de la historia (espíritu “estalactítico”). Para aquellos paniaguados de la radio nacionalista, valga el ejemplo, Franco aún no había muerto sino que dirigía con más saña que nunca la mortificación de la “nación catalana”. Así, pues, lo primero que pensé cuando comenzó la entrevista al político aragonés, realizada en directo, es que le habían llevado a una auténtica encerrona de la que no saldría vivo.

Al cabo de unos instantes de charla, en los que Iglesias fue presentado como más catalán que aragonés sin que el político lo desmintiese con firmeza, se le invitó amablemente (a punta de pistola) a realizar la entrevista en catalán y accedió gustoso, cosa lógica. De ese modo conseguí enterarme que Marcel.lí (como se le llamó todo el tiempo) hablaba con fluidez en ese idioma porque había nacido en Bonansa (Huesca) y, por lo tanto, para los perpetradores del espacio radiofónico su invitado no era aragonés sino catalán a todos los efectos, ya que la población forma parte de uno de esos territorios (La Franja de Ponent) que el nacionalismo catalán reivindica como propios.

El asunto, aparentemente, no tiene la menor importancia, porque si un gallego pudo ser presidente de Canarias o un murciano president de la Generalitat valenciana, nada impide a un catalán serlo de Aragón. Lo que ocurre es que la catalanidad de Marcel.lí era tan ficticia como todo el ambiente y los espacios radiofónicos que surgían habitualmente de una emisora creada por el intuitivo Pujol para “fer país”. Sería algo así como si a un filipino en Salamanca se le declarase español por el simple hecho de que hablase el idioma. Claro que en este caso nos faltaría la reivindicación territorial y que el filipino fuese presidente de algo sustancioso.

En este punto, convendría aclarar que en el programa de marras, “Postres de Músic”, además de la entrevista al personaje invitado en cada ocasión, en la segunda parte se establecía una tertulia en la que, junto al director pluriempleado de la Generalitat, intervenían algún pseudo-historiar añadido y otros dos o tres sujetos de la misma cuerda (he estado a punto de escribir calaña) que conversaban entre sí y con el invitado. De modo que si la primera parte versó sobre cuestiones más o menos intrascendentes, con preguntas que Iglesias tenía perfectamente previstas, no fue así en el segundo tramo del programa, donde se dio suelta a los leones para que se merendasen el festín.

Mi estupor aumentó en la misma proporción en la que allí se vertió veneno y falsedad. Las ondas que recogía la radio de mi coche llegaban grisáceas, teñidas de rivalidad y ojeriza. Se dijo de todo contra España o contra lo español mientras Marcel.lí permanecía en silencio, supongo que inicialmente asombrado, o secundaba alguna idea de carácter venial aunque no por ello ausente de cierto desprecio. La sensación que tuve es que el personaje no se encontraba a sus anchas entre unos auténticos profesionales del descrédito hispano, pero tampoco hacía ascos excesivos a meter la cuchara de tanto en tanto y agitar levemente el recipiente. Uno tenía la impresión de que con cualquier otro invitado aragonés se habría oído un puñetazo sobre la mesa, seguido del arrastrar de la silla de alguien que se levanta y se marcha indignado. Luego, la cortina musical hubiese caído tras el breve comentario de: “disculpen esta interrupción”. No fue así, y lo siento.

Los combativos “pesebristas” —prefiero esta denominación por respeto a la digna profesión periodística, que es algo muy distinto—, cada vez más animados en la tertulia ante un interlocutor en exceso prudente que ofrecía silencios, recordaron las magníficas relaciones históricas entre el reino de Aragón y el Condado de Barcelona (ellos hablaban de la inexistente Corona catalano-aragonesa) y plantearon la posibilidad de una unión territorial que el correr del tiempo ha convertido en la mega-región “maragalliana” que hoy se nos ofrece. ¿Estaría oyendo el programa Don Pasquale?

Por lo que recuerdo, se ve que Marcel.lí se asustó un tanto en ese punto —que una cosa es el romanticismo histórico y otra la conjura o la rendición incondicional al vecino expansionista— y aludió al socialismo respetuoso con la Constitución española que impide federar regiones. Él lo dijo de otro modo, no quería disgustar a los fulleros de las ondas; región, si no lleva el mega delante, es un vocablo maldito para el nacionalismo. De tal forma que al final, más riéndoles la gracia a aquellos intrigantes pertinaces que sacándoles los colores, como si el político hubiese sospechado que aquello era un programa de cámara oculta, acabó una entrevista-coloquio que pretendía impartir a sus oyentes la lección número mil trescientos veintiséis, época XII (la lluvia sobre la roca), acerca de “Cómo ser buen nacionalista catalán, sin dejar de despreciar cualquier cosa que huela a español, y anexionando a los aragoneses a la causa”.

Han pasado unos pocos años, Marcel.lí se ha curtido en el cargo y ha dado comienzo a su segundo mandato de presidente autonómico. Y si tenemos que hacer caso a Maragall, el político aragonés le respalda solidariamente en su proyecto de la “Corona de Aragón”. Y uno se pregunta, ¿cómo es posible que Marcel.lí, que ha renovado su presidencia gracias a la demagogia insolidaria del Plan Hidrológico Nacional, sea capaz de secundar solidariamente al tiburón que pretende engullirle? Una cosa es no dar agua a quien la necesita, que al fin y al cabo es algo que permite ganar elecciones y son otros los que padecen la sed. Y otra cosa muy distinta es hacerse el harakiri autonómico otorgándoles a los vecinos no ya el agua, sino todo el territorio.

Porque de lo que no me cabe la menor duda, en caso de llevarse a la práctica la mega-región, es que Barcelona sería el “Sanctasanctórum” donde se adoptarían todas las decisiones de la “Corona”, como bien podría corroborar cualquier catalán periférico, pongamos de Figueras, Tortosa o Cervera, respecto al tradicional centralismo de la Ciudad Condal. Una de dos: O Maragall fantasea más de la cuenta y su correligionario aragonés no ve la necesidad de desmentirle porque tiene claro que son fanfarrias electorales, lo que demostraría que Marcel.lí es astuto, ha aprendido lo suficiente y ya sabe navegar en aguas turbulentas (siempre que no sean las del Ebro). O Marcel.lí quedó tan impresionado aquél día de la entrevista en la “Radio Nacional de Catalunya” —a saber de qué hablaron a micrófono cerrado— que no le importa ejercer de “caballo de Troya”, secundar el expansionismo del Principado (otra denominación gratuita de lo que nunca existió) y convertir a Zaragoza en un suburbio de Barcelona.

El asunto es tan sencillo, que lo único que tiene que hacer nuestro tercer notable autonómico para sacarnos de dudas es pronunciarse sobre el mega-proyecto de su vecino. Sin embargo, cosa extraña, el señor Iglesias no sólo no se ha pronunciado hasta el momento, que se sepa, sino que es el único presidente autonómico que ha preferido irse a Bruselas antes que atender la invitación del Rey para conmemorar el XXV aniversario de nuestra Constitución. Espero y deseo que esa ausencia no signifique nada relevante, a lo sumo una decisión torpe.

Porque lo más curioso de todo este asunto es que no ha faltado Ibarreche, que desde que la Ertzaintza le dio un golpe de estado al detener a un comando de ETA ya no parece ni su sombra y acaso prefiere conservar alguna relación con Madrid, por si acaba exiliado en esa ciudad. Tampoco ha faltado Pujol, quien ha aprovechado para despedirse dando una conferencia en la que ha entonado el “mea culpa” acerca de lo mucho que pudo haber pedido en el 78 y de lo poco que pidió. Y ni mucho menos ha faltado Fraga, el autoritario anciano que cuando Aznar le quiso consultar sobre el sucesor dijo que le llamase en otro momento, que estaba ocupado.

Pues bien, en unas circunstancias tan especiales como la memorable reunión convocada por Su Majestad el Rey, o uno está agonizando en su casa y evidentemente no puede acudir, o uno debe asistir a la convocatoria real aunque sea a rastras como hizo Fraga. Y Marcel.lí, por el momento, aún no reside en Bruselas, ciudad donde prefirió pasar el día, ni su estado es agónico. Y, lo que es más, en la ciudad belga tampoco se encuentra el mercado nórdico de la madera para la construcción de caballos de Troya.

Escrito por Policronio en: 27 de Abril 2004 a las 12:36 AM Archivado en Aragón

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