Mayo 2, 2004

El Islam-I

Inicio hoy una serie de artículos sobre el islam, una religión que se extinguió hace más de 1.000 años. El asunto es de máxima actualidad por los motivos que todos conocemos, pero no está de más que se sepa por qué 1.200 millones de personas aún se declaran sometidas a la voluntad de Dios y aceptan su renuncia al libre albedrío.

No me considero una persona preparada en cuestiones islámicas, ni de lejos, pero estoy escribiendo una novela histórica, de la que suman ya más de 500 las páginas escritas, que describe la invasión de Hispania en el año 711 por los musulmanes, casi todos beréberes tibiamente conversos. Por tal motivo, he tenido que empaparme algunas docenas de libros, incluyendo el Corán, para documentarme y escribir algo que no me avergüence demasiado desde un punto de vista histórico, que el literario ya es otra cosa más al gusto del lector. Así pues, con cierta osadía, lo reconozco, me atrevo a dar mi versión de lo que supone hoy el islam, tan relacionado con el terrorismo.

La novela (perdón por volver a citarla, igual ni llega a ver la luz) describe la invasión desde el lado árabe. El protagonista principal, un joven que procede de Damasco y debe alcanzar Hispania para cumplir una misión, llega a la zona de Tánger en vísperas del paso del estrecho por las fuerzas de Tariq ben Ziyad. El relato arranca, pues, de la ciudad de Damasco, ese Ojo de Oriente que citó el emperador Claudio Flavio Juliano, más conocido como Juliano El Apóstata. Era el Damasco de la dinastía omeya y de una sucesión de califas liberales que no dudaron en respetar templos cristianos o sinagogas. Era la urbe milenaria de un personaje que sirvió al califa y a quien la historiografía católica convirtió en San Juan Damasceno, padre de la Iglesia.

El pequeño preámbulo sobre Damasco, al fin y al cabo sólo una ciudad, no es más que el método de relacionar al islam con aquellas poblaciones o áreas donde la religión de Alá y sus noventa y nueve nombres se manifestó en una u otra tendencia. Así, tenemos el islam germinal de La Meca, que representa el período más puro, el auténtico. El islam de Yatrib o Medina, que nos habla de belicosidad y desencuentro, de guerra santa. El segundo ciclo del islam de La Meca, ya muy elaborado por quienes lo adoptaron a su conveniencia y convirtieron en atracción “turística” el viejo templo de la Kaaba, con visita obligada mediante uno de los cinco pilares: La peregrinación. El islam de un Damasco que, como se ha dicho, fue mucho más liberal y respetuoso con el no musulmán que otras tendencias posteriores. El islam de Bagdad, radicalizado y forjador del Hadit o Sunna del Profeta. El islam de las ciudades de al-Andalus, ante todo culto y laborioso puesto que fue omeya y de población hispana. El islam de Estambul, lascivo, ostentoso y arrogante. El islam de los pueblos magrebíes, propenso a las revueltas y a los cismas. El islam vecino de Israel, en manos de reyezuelos tiránicos y exaltados. El islam chiíta de Teherán, de refinado y odioso fanatismo. El islam del Asia media y extrema, semillero de exaltación neoconversa que irrumpe allí como un sunami.

¿Cómo saber cuál de todos es el islam verdadero? Mi respuesta es clara: Ninguno, salvo el de la primera etapa de La Meca. El islam verdadero no existe desde hace más de un milenio. La religión islámica murió pocos años más tarde que su fundador. El islam, sobre todo a partir del siglo IX, no es más que una coartada para que los tiranos de todos los tiempos esclavicen a sus pueblos y se den a la buena vida junto a sus parientes. La afirmación parece muy dura, pero es así y trataré de argumentarla en lo posible mediante varios artículos.

Mahoma fue un ser visionario, pero también un patriota y un nacionalista, pues el nacionalismo no aparece sólo en nuestros días, viene de mucho más atrás. De hecho, Roma y otros imperios no carecieron de espíritu nacionalista y expansionista, condiciones imprescindibles para la creación de grandes dominios políticos o religiosos. Mahoma, horrorizado del paganismo de La Meca e influenciado en sus viajes por otras religiones monoteístas, creyó advertir un sistema para que los árabes, que por entonces secundaban en banderías a una miríada de jeques enemistados, dejasen de guerrear entre sí. Mahoma también deseaba que su pueblo abandonara la condición de sirviente de los grandes imperios que envolvían la península arábiga, algo que él conocía bien al haber transportado mercancías que en las ciudades de destino centuplicaban su precio.

Mahoma quiso unir a los que él consideraba suyos, pretendió crear una nación y entrarlos en la Historia, en pie de igualdad con los dos grandes reinos colindantes: El sasánida y el bizantino, pues no olvidemos que los soñadores apuntan siempre muy alto. Pero las naciones se crean a partir de dos incentivos básicos, a veces complementarios, que Mahoma dedujo: 1. Un enemigo común, del que los árabes habían carecido a lo largo de su historia, puesto que la tiranía climática del territorio alejaba a los grandes imperios, que siempre bordearon en su expansión los desiertos de Arabia. 2. Una religión cargada de normas, en la que no faltasen cierto espíritu benefactor y numerosas recompensas celestiales.

Pero Mahoma era analfabeto, algo muy frecuente en las tribus árabes dedicadas a la trashumancia y al comercio caravanero. Ni pudo permitirse reunir ciertos libros de otras religiones, para repasarlos, integrarlos y crear su propio “manual ideológico”, ni tampoco pudo escribir directamente su doctrina unificadora. Mahoma se limitó a escuchar y memorizar cuantas ideas oyó y fueron de su agrado a lo largo de unos incontables viajes que duraron más de 20 años. Mahoma, inicialmente, dirigió caravanas al servicio de Jadiya, viuda rica con la que acabó casándose.

Cuando murió Jadiya, Mahoma, que por entonces contaba unos 40 años de edad, libre de ataduras familiares y heredero acaudalado, creyó llegado el momento de poner en práctica sus ideas. Unas ideas que, tras meditar en soledad algún tiempo, debían comenzar con un mensaje divino que respaldase su gran misión: Unir al pueblo árabe. El mensaje inaugural fue el siguiente: ¡Predica en el nombre de tu Señor, el que te ha creado! Así justificaba el Profeta (quien recibe una orden divina forzosamente debe ser reconocido como un profeta) una labor que duraría 22 años, hasta su muerte en el 632.

Mahoma fue rodeándose poco a poco de unos seguidores donde hubo de todo: Creyentes de buena fe en el Dios único, aprovechados, gentes asqueadas de la idolatría de La Meca anteislámica, gente pía, nacionalistas, simples crédulos y crédulos simples... Al Profeta se le había expulsado de su ciudad natal y se refugió en Yatrib, ciudad que contaba con una importante colonia judía que inicialmente le acogió con los brazos abiertos y que, más tarde, le declaró cierta hostilidad a medida que sus relaciones empeoraron. Con el tiempo, la mayoría de los judíos de Yatrib fueron expulsados o ejecutados y buena parte de ese odio se refleja en el Corán.

Entre su etapa inicial en La Meca, donde proclama lo fundamental de su nueva religión, y sus años en Medina, convertido más en un asaltante de caravanas que en un líder espiritual, Mahoma fue declarando unas supuestas revelaciones que Dios le enviaba a través del arcángel Gabriel. Las palabras de Mahoma durante los largos años de Medina se memorizaron casi todas (algo muy usual para la época y para la atención que merecían un personaje que ganaba notoriedad día a día) o se anotaron en los más variados soportes, sin diferenciar apenas la doctrina religiosa de la consigna pendenciera, ésa que debía impartir a veces para que sus hombres atacasen las caravanas de La Meca o para alentar a sus seguidores a la defensa.

Unos cuantos años después de la muerte de Mahoma, cuando hacía más de 30 que el Profeta pronunció sus primeras revelaciones, las únicas realmente válidas e inspiradas en las escrituras sagradas de otros pueblos, en tiempos del califa Utmán se inició la compilación oficial y se creó el Corán tal y como hoy lo conocemos. De hecho, habría que considerar al Corán como la obra de Utmán, puesto que fue quien dio el visto bueno y quien ordenó la destrucción de otras versiones menos de su agrado.

Durante la compilación de Utmán, cuyo único mérito para acceder al califato era ser yerno de Mahoma y discípulo de la primera etapa, personas que memorizaron en su día frases del Profeta ya habían fallecido y no siempre pudieron trasmitirlas a otros; anotaciones realizadas en hojas de palmeras o en omoplatos de camellos se habían borrado parcialmente y fue imposible recuperar los textos. Faltaba mucho y sobraba mucho de cuanto dijo Mahoma. Si a eso le sumamos que el árabe de la época carecía de signos diacríticos, lo más probable es que el Corán de Utmán sólo se parezca remotamente al mensaje profético del Nabí y vaya aderezado de consignas belicosas ajenas al supuesto mensaje divino. Mensaje que en realidad no es más que la parte de la Biblia y los Evangelios que recordaba y le convenía citar, en algunos casos de un modo manifiestamente adulterado.

Hay numerosas pruebas de ello en el libro sagrado de los musulmanes, quizá las más evidentes sean las abundantes contradicciones que nos ofrece. Por ejemplo, se dice que cristianos y judíos hallaran su recompensa cerca de Dios si creen en los libros enviados a ellos (gentes del libro), pero se afirma a menudo que serán castigados por la ley del talión a cuento de... no se sabe qué.

Da la impresión que en los más variados aspectos del Corán haya influido bastante la simpatía de quien conservó el fragmento, incluso tanto como las palabras pronunciadas por el profeta, de quien no cabe ninguna duda que era un hombre relativamente justo para su época y para su tierra, pero que tuvo el infortunio de crear una religión que se desvirtuó casi de inmediato. Mahoma nos dice que la mujer vale la mitad que un hombre y es algo inadmisible que sólo los musulmanes aceptan hoy, pero en la época anteislámica una mujer, por desgracia, no valía nada, menos que un camello. No comprendo cómo es posible que Mahoma, en vida, no ordenase la recopilación de su doctrina. Si en verdad fue un encargo divino, ¿qué misterio puede justificar una cosa así?

Escrito por Policronio en: Mayo 2, 2004 12:29 AM Archivado en Islamismo, mundo árabe

Comentarios

1 | AMDG   Mayo 2, 2004 2:11 PM

Estoy esperando la continuación...

Una cosa interesante, de actualidad: el islam en España:

Ante los últimos y lamentables sucesos proponemos algunas medidas para el control del fenómeno islámico e islamista en España:

http://www.nodulo.org/ec/2004/n027.htm

Por cierto sabíais que el minero excomunista Gerardo Iglesias se ha vuelto un fervoroso muslim?
Para mas información haced una búsqueda en el Catoblepas

Saludos

2 | Gandumbas   Mayo 2, 2004 7:00 PM

¡Por Tutatis, Policronio! ¡Una novela histórica de 500 páginas puede ser mortal de necesidad! ;)
Tu análsis es mucho más fino históricamente que el de la Carmen Rigalt de hace un mes: según ella, Mahoma fastidió el Islam, eso tan bonito de la Reina de Saba y las pirámides de Gizeh.
En cuanto a la tesis: ¿sostienes que el Corán, tal como se conoce ahora, está necesitado de una auténtica crítica textual -como la que ha sufrido la Biblia, desde hace milenios- y otras críticas, estilo la de Lutero?
Me parece adecuado, eso indicaría que no solo social, tecnológica o políticamente el mundo islámico se ha quedado anclado en el pasado... ¡¡sino también religiosamente!! Mu grave.
Fdo.: Una medievalista.

3 | napaloni   Mayo 5, 2004 4:44 AM

sólo x curiosidad: publicaste algún otro libro anteriormente?, gracias.

4 | Policronio   Mayo 9, 2004 1:32 AM

No había entrado en este artículo desde el día que lo inserté. Gracias a los que se han interesado y a los comentarios favorables.

A Napaloni le informo, si es que vuelve por aquí, que no he publicado nada impreso en papel, aunque algo en prensa digital. Hace poco que escribo. Mi profesión está muy alejada de la literatura.

5 | napaloni   Mayo 11, 2004 7:14 PM

gracias de nuevo;) que artista hemos perdido tanto tiempo..

6 | Horacio   Junio 11, 2004 7:25 PM

Realmente me ha convencido. Por eso ahora se que el cristianismo terminó con el Concilio de Nicea. Gracias.

7 | enric   Octubre 14, 2004 11:19 AM

quisiera saber si es verdad que el Islam no es más que una marcha atràs y una vuelta al Antiguo Testamento.
Gracias.

8 | GALLEGO LASTRA   Diciembre 14, 2004 9:28 PM

LA INFORMACION SOBRE GERARDO IGLESIAS ES ERRONEA NO ES GERARDO IGLESIAS SINO GERARDO FERNANDEZ MARTINEZ. COMO DATO RELEVANTE GERARDO IGLESIAS NO ABANDONO EL PCE UN AÑO DESPUES DE SU LEGALIZACION, COMO OCURRE CON EL EX MINERO AL QUE SE REFIERE EL COMENTARIO .

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