Cuando se comprueba la cantidad de disparates con el que los pensadores progresistas nos han obsequiado con motivo de la elección de Evo Morales como Presidente de Bolivia, conviene detenerse unos minutos para aclarar algunas cuestiones. Indiscutiblemente el secular atraso económico de Hispanoamericano no se debe a las escasas y dubitativas reformas liberales de los años 90, sino a continuadas décadas de populismo e intervencionismo, que han dejado la región llena de sociedades improductivas, ineficientes y desiguales. En este sentido, la economía chilena, que ha reducido la pobreza en más del 50%, puede servirnos como ejemplo para demostrar que la salida a la crítica situación económica de la región se halla precisamente en el polo opuesto al de los dos nuevos ejes emergentes por aquellos pagos: la izquierda demagógica y social de Lula y Tabaré y el socialismo radical y autoritario de Castro, Chávez, Humala y Morales. Mención aparte hay que hacer del ambivalente Kirchner, que tiene rasgos populistas como la intervención cada vez más amplia del Estado en la economía, pero cuya defensa a rajatabla del superávit fiscal le ha acercado a la ortodoxia económica.
El Milagro de Chile es una expresión que fue acuñada por el economista estadounidense Milton Friedman para describir las reformas económicas neoliberales que experimentó Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet. La frase evocaba un paralelismo con la milagrosa recuperación económica de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Las claves de dicha recuperación económica consistió en reducir el gasto publico en un 20%, despedir al 30% de los empleados públicos, aumentar el IVA (impuesto a la transferencia comercial de bienes muebles y activos M1 y M2), privatizar la mayor parte de las empresas estatales (la mayoría a precios ínfimos), liquidar los sistemas de ahorro y de préstamos de vivienda, privatización de los bancos intervenidos por el gobierno durante la crisis y el descenso controlado de los aranceles.
El populismo se sitúa, en cambio, en las antípodas de todas estas políticas económicas. El propio Ricardo Lagos ha reconocido que el populismo es un atajo falso al trabajo constante, una solución fácil que pretende repartir antes de producir y a la larga resulta muy negativo, porque en algún momento hay que pagar la cuenta. Los populismos se pueden localizar en facciones de poder y militancias de partidos políticos, ostentándose como “izquierda” o “nacionalismo”, lo que se quiera que signifiquen, y se creen con derecho a erigirse en dueños del patrimonio y los bienes públicos y repartirlos entre las facciones aliadas y las bases reclutadas. Las consecuencias inmediatas de ello son ineficacia y lentitud en el combate a la pobreza y la corrupción gubernamental generalizada. El populista utiliza discrecionalmente los fondos públicos. No tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas. El erario es el patrimonio privado que puede utilizar para enriquecerse y embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, sin tomar en cuenta los costos. El populista tiene un concepto mágico de la economía: para él, todo gasto es inversión. La ignorancia o incomprensión de los gobiernos populistas en materia económica se ha traducido en desastres descomunales de los que los países tardan decenios en recobrarse.
Por otra parte, el régimen de Venezuela, prototipo de nacionalpopulismo (nos negamos a establecer paralelismo alguno con el "patriotismo social" de ZP porque daríamos demasiada categoría a la ocurrencia extemporánea del abogado vallisoletano) del siglo XXI, no se sostendría sin la inestimable ayuda del petróleo subvencionado a sus vecinos, una cadena de televisión hemisférica —Telesur— y un discurso antiamericano incendiario y demagógico, centrado en el peligro a una probable "invasión imperialista". Y, a pesar de los pesares, lo cierto es que Venezuela no reduce la pobreza, pese a la larga bonanza petrolera. En vez de contribuir a reactivar la economía, el petropopulismo es un freno al distorsionar el mercado con los precios subsidiados.
Los paises hispanoamericanos tienen que olvidarse de una vez para siempre de los políticos y regímenes dictatoriales, nacionalistas, populistas, comunistas o demagógicos que durante los dos últimos siglos han abocado a Sudamérica a un profundo atraso. Si se desea libertad y progreso, debemos creer que los individuos poseemos capacidades distintas y por tanto no somos igualmente productivos. En eso consiste el liberalismo.
En cualquier caso, la solución a los problemas de Latinoamérica pasa ineludiblemente por:
1. La normalización de su situación política. Potenciación de una cultura democrática.
2. Antiestatismo y desregulación de la economía.
3. Aparición de políticos capaces en las instituciones.
4. Que la población este dispuesta a escuchar la verdad y no lo que quiere escuchar.
5. El rol del Estado debe ser el de promover la libre competencia de los distintos sectores.
6. Enfocar la estrategia económica hispanoamericana hacia la apertura al exterior.
7. Movilidad de capitales libre del corsé de los Estados.
8. Asunción de la globalización como presente y futuro de la economía mundial.
Escrito por Smith en: Diciembre 30, 2005 3:20 PM Archivado en Economía | Hispanoamérica | Internacional
Un gran artículo de fondo que estoy convencido será válido por mucho tiempo, porque lo del populismo tiene difícil arreglo tanto en España como en una Hispanoamérica que giran la cara a la realidad y, como bien apuntas, quieren gastar hoy lo que pagarán nuestros hijos.
Querido compañero Smith:
Una vez más te felicito por tu exposición clara y brillante, capaz de ilustrar hasta un lego en la materia como yo. Ya me dirás en que Instituto ostentas tus secretas cátedras de Historia y Economía pues no dudaré en matricularme aunque sea como oyente :-)
Briareos, respeto la voluntad de los bolivianos. ¿Significa eso que no pueda criticar el radicalismo de Evo Morales? Te recuerdo que este señor acaba de decir que Bush es "el único terrorista" y que "la coca vencerá al dólar". ¿Es esto criticable o no? ¿Qué tiene que ver ést con la democracia y la dictadura?
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