Tanto el nacionalismo como el socialismo tienen un miedo atroz a la libertad, la gente debería saberlo y actuar en consecuencia a la hora de las votaciones. Porque la libertad individual es el más preciado fruto de la democracia y haríamos todos muy bien en considerar a fondo a quien se le entrega el voto. Voy a poner dos ejemplos que justifican una afirmación inicial probablemente exagerada o incluso falsa para algunos.
Hay quien dice que el nuevo estatuto de Cataluña es inconstitucional, explica sus razones y cita a unas cuantas instituciones y personajes de relevancia jurídica que así lo creen y lo han manifestado. Otros, por el contrario, creen que el Estatuto es perfectamente válido, fruto de un amplio consenso logrado en el Parlamento de Cataluña y posteriormente modificado mediante un acuerdo entre el presidente del gobierno y uno de los principales partidos catalanes.
Bien, pues ante la duda ¿no sería deseable someter la cuestión a un referéndum nacional? A mí me parece muy bien que el nuevo estatuto de Cataluña acabe siendo aprobado o rechazado por los ciudadanos catalanes. Pero es que resulta que no sólo les va a afectar a ellos su entrada en vigor, sino que repercutirá en la mayoría de los españoles. Ante esta tesitura, qué actitud esta tomando el gobierno socialista: negarle toda legitimidad a cualquier posible referéndum y de paso reiterar una y otra vez la legalidad de sus acciones.
Veamos, si todo es tan legal, por qué tenerle miedo a una consulta popular. Se habla de que ese no es el procedimiento, sino que antes debería decidir el Tribunal Constitucional. En eso estoy de acuerdo, la verdad sea dicha, para esas cuestiones dudosas se creó. Lo que ocurre es que el TC, desbordado de trabajo desde casi su fundación, suele tardar varios años en resolver cualquier asunto —pensemos en el caso Rumasa, aún pendiente tras más de 20 años—, de modo que podríamos encontrarnos con un Estatuto funcionando desde hace bastante tiempo, pongamos cinco años, y que sea entonces cuando el alto Tribunal dictamine. Si es a favor, aquí no ha pasado nada, todo seguirá su curso. Pero y si se dice que la nueva norma catalana incurre en una serie de inconstitucionalidades, entonces ¿qué se hace? ¿Cómo se solventa el perjuicio ocasionado durante varios años?
¿No sería más democrático y sobre todo mucho más práctico para todos que hablase el pueblo? En mi opinión, el gobierno socialista no permitirá nunca el referéndum, es consciente que lo perdería, ya que sabe de sobras que sus actuaciones en este aspecto se encuentran fuera de la Ley, prefiere la política de los hechos consumados, a poder ser irreversibles, con tal de no enfrentarse a una libertad a la que teme.
Otro tanto podría decirse del nacionalismo. Pongamos como ejemplo el caso catalán y su normativa lingüística. Si se parte de la base que el idioma catalán fue muy maltratado durante el franquismo, nada más natural que tratar de recuperar el terreno perdido incentivando durante unos años la lengua catalana. Incluso, aunque siempre me ha parecido una barbaridad, podría justificarse así un cierto período de inmersión lingüística. Pero en nuestros días, tras más de 20 años de inmersión y todo tipo de discriminaciones positivas, qué justifica que el gobierno de Cataluña siga incumpliendo su propia ley respecto a la enseñanza. Si en Cataluña hubiese un régimen político que amase la libertad, permitiría que los padres decidieran sobre el idioma en el que quieren que se eduque a sus hijos. Pero no solamente no se hace así, sino que trata de incorporar a cualquier ámbito la imposición idiomática. La razón no puede estar más clara: el nacionalismo y la libertad son incompatibles.
La conclusión a la que puede llegarse mediante estos dos simples ejemplos, sólo dos de los cientos que podrían aportarse, es que nos hallamos ante sendas ideologías liberticidas que han sabido trabajarse durante años y a fuerza de propaganda una llegada al poder del que no será nada sencillo desalojarlos. Sí, el socialismo y el nacionalismo son máquinas bien engrasadas para alcanzar el poder, pero entre los lubricantes que afinan esas máquinas y las hacen girar con eficacia ninguno de ellos puede rotularse como “esencia de libertad”.
Escrito por Policronio en: 31 de Enero 2006 a las 05:43 PM Archivado en Políticos
Disiento respecto a los del Tribunal Constitucional. Confio más en el criterio de la población española en general que en un reducido grupo de escogidos por muchos conocimientos legales que tengan.
Estas últimas jornadas pepinas (Pepiño) estamos asistiendo a la vulgar comparación entre el referendum inconstitucional que promovía inconstitucionalmente la Lehendakaritza que "regenta" Juan José sobre la inconstitucional propuesta de secesión vasca y la recogida de firmas que está haciendo el Partido Popular para llevar al Congreso la proposición de un referendum sobre la aprobación de una ley que es abiertamente anticonstitucional.
¿Se dan cuenta de la jugada de Rubalcaba? ¿Se pueden sumar manzanas y peras, decir que son lo mismo los caracoles y los contenedores de basura, etc?
¿Tan seguro estás de que ese referéndum lo perdería Zapatero? No sé yo... ¿Qué es lo primero, la nación o la secta? "Es que yo como voto socialista..."
Conozco ya a algún que otro votante socialista que dice que pasa del tema, que eso no le afecta. Y que encima como puede que viva en Barcelona, más privilegios para él (!!!) No le preocupa.
Clausius: Si ZP piensa que puede perder el referéndum, para él, es motivo suficiente para impedirlo. La Secta es un negocio y en los negocios lo primero que se tienen en cuenta son los riesgos. No para evaluar en una balanza si merecen la pena, si no para eliminarlos.
Hay muchas razones para considerar que la inmensa mayoría del pueblo español, ese pueblo que en democracia es soberano y respecto del cual los políticos son meros representantes, quiere la subsistencia de España, de la nación española, del Estado español, compatible con que muchos de ellos (como ocurre en mi caso) defendamos también con gran convición la necesidad de ámbitos autonómicos internos.
1.- Lo podemos (y tenemos que) creer así, en primer lugar porque ello es lo que consagra la Constitución, una Constitución que elaboramos en consenso con todas las fuerzas políticas existentes y que fue aprobada por una mayoría apabullante.
2.- Lo podemos creer así, porque ello es lo que nos revelan día a día la calle y las encuestas sociológicas; también en Cataluña, donde una mayoría de ciudadanos, además de catalanes, se consideran españoles.
3.- Lo podemos creer así en función de los contenidos programáticos de lo distintos partidos políticos, ya que los planteamientos cuestionadores de la nación y del estado español sólo se encuentran en algunos (CiU, PNV, Esquerra, BNG… ¡de momento!), cuyos porcentajes de votos sumados suponen una corta minoría del pueblo soberano, mientras que, los que más claramente obtienen 3/4 de los votos, proclaman defender la nación y el Estado español, de acuerdo con sus viejas tradiciones.
3.1 La historia del PSOE es la de un partido que defendió muchas veces la unidad de España y la dignidad del Estado; que en el País Vasco ha producido líderes y militantes ejemplarmente españoles; que en Cataluña, si bien aparecen eclipsados por un grupo de élite burguesa nacionalista (del que proceden los Raventós, Serra, Maragall…) que copó sus puestos dirigentes, tienen una militancia abrumadoramente creyente en España (y, me dicen, bastante desorientada ante el intento de confederalización en curso). Es sintomático el dato de que el socialismo catalán gana siempre las elecciones generales españolas, pero nunca las elecciones autonómicas de Cataluña; que en un territorio como Galicia, que forma parte de eso que se llama las “comunidades históricas”, y en una ciudad como La Coruña que disputa a Santiago la cuna de la “galleguidad”, cuenta con un alcalde socialista, Francisco Vázquez, que hace manifestaciones públicas y frecuentes de españolismo, como Bono o Ibarra, y que lleva un cuarto de siglo ininterrumpido ganando las elecciones con mayoría absoluta; todo lo cual coincide con los expresan sus votantes en las encuestas.
3.2 Y en cuanto al PP, partido más joven, procede de AP (aunque con un notable proceso de renovación); y AP (de donde provienen Aznar, Rato, Rajoy, Gallardón et altri) mostró sus discrepancias respecto de la Constitución, pero no por centralista, sino porque en su momento les parecdió excesivo el grado de autonomía que otorga su Título VIII.
Ambos partidos hann aceptado plenamente las autonomías regionales y ambos han defendido también el Estado español con denuedo, con muchas ideas y a costa de mucha sangre.
Por ello, si la dinámica política (el verdadero sujeto del “juego” es el juego mismo, no la subjetividad del que juega, Gadamer pixit) los va llevando, más o menos subrepticiamente, a puntos de Estado débil o confederalizado, de nación española realmente inexistente, aunque se respetaran formalmente las leyes (no es el caso), se burla la soberanía popular y, cuando menos, los partidos mayoritarios tienen la obligación de canalizar auténticamente las aspiraciones de la nación, demostrando así que no tenían razón los pensadores marxistas y fascistas cuando decían que la democracia occidental era un engaño.
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