Hay unos momentos concretos en la historia, que se vienen repitiendo cíclicamente, en los que la situación generada por los acontecimientos hace necesario un cambio, un nuevo orden. En estos trances, suele tener mucha más amplitud de miras la derecha, puesto que con un ejercicio de introspección y autocrítica que le honra acostumbra a obrar en consecuencia y por el bien común. La izquierda, por el contrario, no suele corresponder a la elegancia de sus contrarios cuando le toca el turno, y a menudo es más reaccionaria contra esas situaciones, afrontándolas con malos modos y conflictos.
Así pasó en el 31, en el que fue tan pacífica la actitud de los sectores monárquicos frente a la invasión del poder por los republicanos que llegó incluso a sorprender a éstos, que no la esperaban, hasta el punto de que, pese a su éxito, algunos no querían salir de sus escondrijos (1). El cambio de régimen fue incruento (2), no hubo pues revolución, por cuanto no fue necesaria, y los republicanos consiguieron sus propósitos sin la menor oposición. Entendieron desde la derecha monárquica que la situación se había deteriorado tanto que era necesario el cambio, y tuvieron los republicanos manga ancha y libertad de acción.
Justo al contrario sucedió en el 33, cuando la derecha ganó las elecciones y la izquierda reaccionó atentando contra la República (episodio comentado en el artículo sobre el bienio negro). Con varios golpes de Estado sucesivos que culminaron en la Revolución de Asturias del 34, propiciada por los partidos de izquierda, se llegó a una situación que tuvo como consecuencia 1400 muertos. Aquella actitud fue el germen de la consiguiente Guerra Civil. La actitud de la izquierda, nada respetuosa con el sistema, propició la ruptura de éste.
Tras la muerte del dictador, en la década de la transición, el ejercicio del poder estaba en manos de la derecha. Y fue precisamente el aparato del franquismo, en agosto del 76, el que presentó la Ley para la Reforma Política, la cual acabó definitivamente con el régimen de Franco y estableció un sistema bicameral basado en el sufragio universal. Suárez consiguió lo que parecía imposible, que las Cortes franquistas se hicieran el "harakiri" y se convocase un referéndum para aprobar la reforma. Este hecho permitió, entre otras cosas importantísimas, que hubiera ponencia para la creación de una nueva Constitución. De nuevo las derechas propiciaban el cambio de ciclo, y de nuevo abandonaban el poder con amplitud de miras encomiable. La izquierda, por el contrario, votaba en contra de esos cambios porque prefería que hubiera una situación inestable que propiciara un régimen débil que pudiera ser asaltable por los revolucionarios, los cuales preferían una democracia del estilo de la Rumanía de Ceacescu.
Cuando en el 81 ganó el PSOE las elecciones, merced al mayor descalabro electoral de un partido democrático en el poder (UCD) desde la desaparición del Partido Radical de Lerroux, la elegancia de los políticos centristas en la alternancia fue la nota dominante, a pesar de lo duro de los resultados electorales y la agresividad contra ellos de la campaña socialista. Años más tarde, en el 96, el partido de Gonzalez abandonó el poder de peores maneras, salpicado por la corrupción generalizada y el terrorismo de Estado que implicaron tanto a un Ejecutivo que, de haber actuado con dignidad, quizá debió dimitir en bloque, afrontar la alternancia y darle paso a las nuevas generaciones. Al contrario, plantearon unos comicios a cara de perro (doberman incluido), amenazando a los electores con la pérdida de sus pensiones si venía la derecha.
En un nuevo salto en el tiempo, 8 años después, todo el mundo recuerda cómo perdió las elecciones el PP en el 14-M, cuales fueron las circunstancias que envolvieron aquellas jornadas y cómo afrontaron los comicios y sus resultados, acatando los resultados a pesar de lo irregular de la situación. Por tanto, la derecha siempre ha propiciado los cambios de ciclo a lo largo de nuestra historia, con mayor altura y sentido de Estado, ha sido una constante que nadie puede negar. Sólo cabe esperar que desde la izquierda se haga un examen de conciencia y se adopte la misma actitud en adelante.
Autor: Pedro Villa Isorna
NOTAS:
(1) “RETRATO DE UN DESCONOCIDO por Rivas Cherif pág. 179
“(Decía Azaña)… ¡Qué disparate!, ¡Con que el Rey se va ir al día siguiente de las elecciones! Al gobierno, cualquiera que sea, le costará muy poco el sentarnos la mano para mucho tiempo. Por que ten en cuenta que, eso si, el rey sabe lo que le va en ello. Y un asalto a Palacio no se hace así como así. Para defenderse, le bastaría contra nosotros con los alabarderos.”
(2) “UN ALDABONAZO” por José Ortega y Gasset EL CRISOL 09/09/1931
“…no fuese falsificada la República. Recordaba la inexistencia de vencedores ni vencidos, «por la sencilla razón de que no hubo lucha», le parecía grotesco «el aire triunfal de algunas gentes cuando pretenden fundar la ejecutividad de sus propósitos en la revolución. Nada más ridículo que querer cobrar cómodamente una revolución que no nos ha hecho padecer ni nos ha costado duros y largos esfuerzos. Llamar revolución al cambio de régimen acontecido en España es la tergiversación más grave y desorientadora que puede cometerse. Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron en el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: ¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El «radicalismo" es otra. Si no, al tiempo».
Escrito por Firmas invitadas en: 11 de Abril 2006 a las 04:30 PM Archivado en Firmas invitadas
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