Ganamos la guerra y se logró, aunque con muchas limitaciones, la revolución social que Falange pretendía. La lucha contra el capitalismo es muy dura. Nada fácil. Más difícil que contra el marxismo, pues a éste se le podía derrotar con las armas. Bastaría con echar una mirada atrás: en cuanto un dirigente marxista alcanzaba la riqueza, que era su primordial meta, se pasaba al enemigo. Un capitalista era raro que se pasase a “los pobres del mundo”, dicho sea en un leguaje sencillo, casi pueril.
Son muchos los comentaristas e historiadores que se refieren a la diferencia entre la Falange inicial y la que resultó como consecuencia del Alzamiento Nacional. Efectivamente, la había. Y por ello, en un principio, hubo falangistas que rechazaron la unificación decretada el 20-04-1937, lo que dio lugar a agrios encuentros y encarcelaciones.
Manuel Goya, hombre bondadoso y de hablar pausado, en voz baja, siempre con gafas oscuras, incluso en su oscuro despacho (en el centro de Santo Domingo 3, abundaban las habitaciones interiores), fue uno de los altos cargos dentro de Falange que rechazó la unificación. Murió en un hotel de Salamanca, a consecuencia de un disparo efectuado por Sancho Dávila, también alto cargo de Falange (jefe provincial de Sevilla) que sí era partidario de la unificación y además primo de José Antonio. Siempre pensé que la muerte de Goya no estuvo justificada políticamente —nunca lo está a la hora de arrebatarle la vida a un ser humano—, pues Goya nada podía hacer para impedir la unificación.
Por la misma razón, Manuel Hedilla Larrey, Jefe Nacional accidental, fue condenado a muerte por un consejo de guerra, sentencia que no se cumplió. Hedilla era una gran persona. Ejerció diversos trabajos, basados en sus estudios en el Instituto Agrícola Trapense y, posteriormente, en la Escuela de Maquinistas Navales, todos relacionados con las máquinas y la mecánica.
Hedilla se hizo cargo de la Jefatura Nacional de Falange por ser el jefe provincial más antiguo (lo era de Santander). No fue esencialmente un político ni tenía extraordinarias cualidades como tal, cosa común al 95% de los falangistas, pero su propio honor y alto espíritu, unidos a su amor a España, permitieron que cumpliera dignamente su misión.
Respecto a lo que pude percibir al llegar a Zona Nacional y establecer contacto con otros camaradas, digamos que casi todos me manifestaron su rechazo inicial a una unificación que habían aceptado a regañadientes. Entre otras razones, porque ausente José Antonio (se negaban a reconocer su muerte) y encarcelado Hedilla, no tenían un jefe con suficiente carisma para ponerse al frente de ellos.
No puedo saber por lo que me habría decidido si hubiese continuado en zona roja, pero en todo caso hubiera sido una decisión sin trascendencia alguna, como es natural. Sin embargo, con la perspectiva del tiempo trascurrido, creo que la unificación fue una medida acertada que permitió ganar la guerra. Después, ¡Dios diría! Desde luego, entre FE de las JON-S y FET y de las JON-S había notables diferencias, tantas como para impedir que la revolución falangista se llevase a cabo íntegramente. Si bien es cierto que los falangistas que tuvieron algún poder, hicieron cuanto pudieron. Como relataré en el siguiente capítulo de esta “Contribución”.
Autor: Rogelio Latorre Silva
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Escrito por Firmas invitadas en: 30 de Octubre 2007 a las 11:51 AM Archivado en Firmas invitadas
Solo de pasada unas palabras respecto del Sr. Latorre. Uno es hijo de su historia y circunstancias y éstas, las históricas, marcan nuestro proceder, encarrilan nuestras intenciones y todos, acertados o equivocados son absueltos por su conciencia si el móvil de su actuación corresponde a un ideal abrazado con manos limpias y corazón generoso.
Pero que la Falange se creyese luchadora anticapitalista es algo que o muy ingenuamente o muy tontamente pudieron creerse algunos de sus miembros. Ni un programa de acción, vago y poético ni unos aliados que necesariamente estaban ligados en mayor o menor medida al capital podrían llevar a cabo una quimera, tan absurda que lastima el sentido común. La victoria de Franco lo demostró palmariamente. Los que se acomodaron a conformar un esqueleto ideológico del franquismo acertaron porque, entre otras cosas, no tenían otra salida. Los falangistas ganarían algunas batallitas urbanas, el ejército ganó la guerra.
Realmente para lo que quería aprovechar el espacio era para comunicar a CALÓ, que he hecho uso de su relatorio de salvajadas revolucionarias, recogidas en su post al "Panfleto Público..." del día 29 de este mes. En un periódico regional gallego en el que suelo participar como bloguer y detrás de un artículo de los que hay que leer tapandose la nariz como si la pantalla despidiese efluvios fétidos, me pareció oportuno situar una pequeña parte, porque creo que si agotase el documento podría no ser publicado. Omití la fuente porque de hacerlo, la fundamentación de los datos quedaría en el aire y de esta manera el que quiera, o no, ratificarlos que se mueva en tal sentido; seguro que lo que les serví es un simple aperitivo. Por lo tanto como el mundo es un pañuelo que conste y gracias, por la colaboración no solicitada, a Caló.
La diferencia que va de FE de las JONS a FET de las JONS es la misma que iba de las JONS a FE de las JONS. Franco creó el Movimiento Nacional con dos bases ideológicas aparentes: el falangismo y el tradicionalismo. No se olvide que hasta las elecciones de febrero del 36 apenas había unos pocos miles falangistas. La represión del Frente Popular aumentó las bases falangistas, pero el 18 de julio todavía eran un grupo muy minoritario.
Al margen de ello, la verdadera base del Movimiento era la gran masa de católicos, gentes de orden, pequeños y grandes propietarios, comerciantes y, no se olvide, militares.
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