La planificación estatal de los estudios.
Salvo raras excepciones, en España siempre ha imperado el desbarajuste y la incompetencia en la política y, ¿cómo no?, ese estilo tan deficiente ha sido más notorio en los planes estatales de enseñanza, sobre todo en la secundaria (el bachillerato de mis tiempos). Deficiencia que últimamente adquiere carácter épico. Ruego perdón por lo que tiene de personal la siguiente exposición, es preciso aportarla como muestra de lo desdichada que, con frecuencia, ha sido España en razón a sus políticos.
Empecé a preparar ingreso y 1º de bachillerato por el Plan Callejo, en septiembre de 1928, puesto que cumpliría 9 años en el diciembre siguiente. Como consecuencia de la caída del gobierno del general Primo de Rivera, el nuevo ministro de Instrucción Pública dispuso, sin respetar derechos adquiridos, que para matricularse de ingreso en bachillerato era preciso tener, o cumplir, al menos 11 años en el de matriculación. Pérdida de un año.
A poco de mi iniciación del bachillerato vino la malhadada II Republica, que recibí, ¡vergüenza y bochorno para mí!, como la mayor parte de los españoles, con alegría. Pronto caímos del guindo. Fue una República que, ¡milagro, milagro!, me permitió estudiar sin cambios los dos primeros cursos. Pero don Fernando de los Ríos, sabio y barbudo ministro de Instrucción Pública en ese nuevo régimen, siguiendo el atavismo de nuestros instintos perrunos, muy patente en los políticos, quiso dejar su meadita en el árbol del bachillerato, de forma que, ¡nuevo cambio!: en 3º y 4º se repetían varias asignaturas anteriormente estudiadas. Entre ellas, recuerdo, Historia Universal, Historia de España y francés. Sin convalidación posible. A examinarse, pero eliminando otras.
Creo que como protesta a la japonesa, como se diría ahora, si bien indignado porque un sedicente intelectual como el ministro jugase alegremente con mi vida —protesta en la que me secundaron con todo entusiasmo mis padres, todo hay que decirlo—, hice 3º y 4º durante el curso normal 1932-33, 5º en el verano de 1933 y en junio del año 1934 terminé el 6º curso. Y así alcancé el título de bachiller universitario, con la edad de catorce años y seis meses, a pesar de haber perdido el año inicial.
No me vanaglorio, cualquiera lo hubiera hecho, pues el 40% de las asignaturas constituían repaso de otras ya aprobadas. Pero, claro, con tanto cambio terminé el Bachillerato sin haber estudiado música, griego, inglés, alemán y otras asignaturas contenidas en planes anteriores, no recogidas en mis estudios, lo que ha supuesto un lastre en mi desarrollo cultural. Y es que resulta difícil, posteriormente, asimilar materias de las que no se han recibido las primeras nociones al principio de la vida. Aunque aquello no fue nada si se compara con el grado de ignorancia con que los actuales jóvenes terminan el bachillerato.
Y ¡para más inri!, como vulgarmente se dice, a causa de mi edad no pude ingresar en la Universidad, pues exigían un mínimo de 16 o 17 años, no recuerdo bien. Otros dos años perdidos. ¡Acertada legislación! la que me permitía acabar el bachillerato a los 14 años, pero me obligaba a una inactividad académica de dos. Y en el intervalo se inició la guerra 1936-39. Todo pintoresco. Y los políticos, ¡de rositas! No quiero monopolizar el victimismo: no fui yo el único afectado. Lo fuimos todos los que poseíamos una determinada edad, que éramos muchos.
De lo expuesto, vemos algunas de las consecuencias que pueden tener las acciones de los políticos irresponsables. Es indudable que éstos “juegan” y siempre ganan. Y los ciudadanos a pagar siempre. Los políticos actúan sin que se les exija una reparación adecuada a sus desmanes. Si usted es médico y se equivoca, con consecuencias adversas en un tratamiento, ¡prepárese!: Le espera el descrédito, la ruina y, tal vez, la cárcel. Lo mismo si es ingeniero y tiene la desgracia de que un puente se le hunda o una presa reviente: igual destino. Así, en tantas y tantas profesiones. Salvo que sea político. En este caso, si comete un error, cualquiera que sea, incluso que “desgracie” a una generación entera, no pasa nada. Como ha sucedido ahora con la LOGSE.
Hace escasos días los periódicos han publicado un estudio de preparación educativa en diversas naciones de todo el mundo. En España estamos en el grupo de cola, pero cola, cola, a pocos puestos del último, cuando en 1975 era notoria nuestra preparación. Por mi trabajo en el Servicio Geográfico, he viajado mucho al extranjero. Puedo asegurarles que en todas partes era reconocida nuestra buena preparación. Donde más lo noté fue en Inglaterra, en mi trato con artilleros y marinos. Y, desde luego, era verdad. Estábamos a un nivel muy superior al de ellos. ¿Ahora? Los periódicos hablan. ¿Qué les sucede a los políticos autores del desastre? En el peor de los casos, con más o menos “paripé”, les cambian de puesto, normalmente a otro tan bien remunerado como el anterior y… ¡a seguir disfrutando de la vida!
Autor: Rogelio Latorre Silva
Los editores de Batiburrillo no comparten necesariamente la opinión de los articulistas cuyos trabajos se insertan en el apartado “Firmas Invitadas”. Dichos trabajos se publican como un ejercicio de libertad individual.
Escrito por Firmas invitadas en: 25 de Enero 2008 a las 12:27 PM Archivado en Firmas invitadas | Memoria histórica para todos
Don Rogelio, magnífica quinta contribución, como de costumbre paradigmática de la época contemporránea de la Historia de España.-
Su perpipecia vital, que Vd. narra con tanta sencillez, me recuerda los artículos de Delibes en, Ya, e, Informaciones, de los años sesenta, o su epistolario " Un año de mi vida" del setenta, sobre lecturas, política y andanzas cinegéticas, hilvanados con maestría.-
Como podrá usted apreciar, don Rogelio, soy un seguidor continuo de sus intervenciones en Batiburrillo.; y lo soy, no sólo porque me sienta interesado por sus magníficos artículos de “Memoria Histórica”, sino también, porque me siento identificado con el pensamiento “teórico político” que se filtra en sus escritos…Quizá, porque las experiencias vividas nos han enseñada a distanciarnos de la cerrazón de los individuos que se enamoran de determinadas filosofías políticas y las defienden a capa y espada, sin haberse parado a analizar los pro y los contra de las mismas… Los años dan el sosiego necesario, no para desilusionarse (la ilusión nunca se debe perder), sino para racionalizar los pensamientos.
La II Republica española, era esperada con ansiedad por gran parte del pueblo español. Los españoles estaban hartos, desde el Desastre de Cuba, de los zarandeos que estaba sufriendo el país. Estaban hartos: del terrorismo anarquista; del fracaso del “regeneracionismo” de Joaquín Costa; de los fracasos militares como el de Annual; de los intereses mercantilistas de los nacionalismos periféricos; del poco apoyo final que recibió el general Primo de Rivera; de la apatía política del monarca Alfonso XIII… ¡Estaban hartos de fracasos y querían buscar el éxito! Por eso no es de extrañar que, la mayoría de la burguesía y del pueblo llano, recibiera con alegría a “la Niña”,a la República…Pero no cayeron en la cuenta de que, había desde hace tiempo, unas fuerzas ocultas esperando a “la Niña”, para hacerse dueños de ella, y desde la tribuna pública del poder, realizar las “soñadas” reformas que ellos ansiaban desde finales del siglo XIX…Los principales hombres de estos poderes fácticos, que había saltado desde la sombra al gobierno, todas las mañanas, al vestirse, no se olvidaban de colocarse la prenda que más les gustaba: “el mandil”…El ¡mandil masón!... Y allí estaban: Lerroux, Azaña, Prieto, Martínez Barrio, Fernando de los Ríos.
La Institución Libre de Enseñanza (ideológicamente krausista, cuya filosofía política era una especie de gazpacho de teísmo y de panteísmo), se hizo dueño de la política educativa… ¡y fracasó rotundamente! El para muchos coetáneos, “cursi”, Fernando de los Ríos, no supo entender lo que necesitaba la educación española… Y es que, España, necesitaba modernizarse, y por supuesto no podía modernizarse con esas ideas caducas, trasnochadas y decimonónicas que ellos intentaban aplicar a una nación que se encontraba “sin pulso”… Lo que tenía que llegar, llegó…y nos enzarzamos en una lucha fratricida…
Y es que el refrán castellano se vio reflejado en la República: “Más vale llegar a tiempo que rondar 100 años”… La República había llegado tarde, al menos 20 años tarde.
Lo peor de todo esto es que, herederos de aquella ideología que dominó la II República, quieren volver a las andadas… y si tienen éxito: llevarán a España, no sólo al fracaso, sino a algo peor: ¡al desastre!
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