Hace tan solo unos días hube de presenciar uno de esos hechos que marcan una página del libro de recuerdos. Me asomaba a la ventana, a poco de despertar, en un repetido gesto tan trivial como tonto porque, al fin y al cabo, la casa de enfrente está siempre en el mismo sitio y el andar gracioso y pícaro de la dependienta de la panadería del bajo casi no se observa desde mi sexto piso. Ciertamente que escudriñar el trozo de cielo que diviso puede proporcionarte la ventaja de salir o no con paraguas, pero no menos cierto es que donde esté un hombre (o mujer) del tiempo, indagar por ti mismo el enigma de las nubes, supuesto que las hubiera, no deja de ser uno del montón de atavismos que la vida moderna hace inútiles.
El gato, mi gato, caía al vacío. No pude averiguar si sus patas ya enfilaban verticales, dispuestas al aterrizaje o, envuelto como un paquete felino, rodaba hacia el suelo, sin desplegar aún su instinto de paracaidista. Inexorablemente, la ley de la gravedad lo empujaba y yo cerré los ojos instintivamente. Si alguien me acusa de crueldad o indiferencia habré de advertirle que el síndrome del avestruz es más humano que animal; si un tranvía se te echa encima sin remedio, no vas a aumentar el suplicio de presenciar el impacto apurando las décimas de segundo que te quedan de vida y pienso que entrar en las tinieblas con la vista apagada es un sano ejercicio de adaptación.
De momento, no he vuelto a saber de mi gato. Alimenta mi esperanza conocer que este bicho tiene siete vidas y en América hasta nueve porque seguramente el animal solicitó este aumento como condición previa a cruzar el charco. A mí me consta que estaba como mucho en la segunda, porque sus vidas conmigo casi podría decirse que eran regaladas. Su voluntad se imponía casi siempre y los momentos mejores los pasábamos cuando él con su melancolía y yo con la mía nos arrellanábamos en mi despacho y escuchábamos el “Réquiem alemán”. Salvo algunos agudos del barítono que le inquietaban, la placidez final se instauraba en nuestros corazones. Por lo demás aún no siendo yo muy amigo de estos felinos estoy seguro que amaba más al gato de lo que él a mí podría haberme llegado a estimar.
Una de las cosas que querría averiguar es si el gato se cayó él solo o lo empujaron alevosamente. Me inclino por esta última hipótesis. Por encima del sexto piso solo una fila de desvanes infrecuentados por los vecinos y el agujero hecho a su medida para que pudiera introducirse en mi trastero. Comenté antes que no tengo especial amor a los gatos; los encuentro en exceso suficientes y un mucho egoístas, pero su maña para cazar ratones aún no ha sido superada, de modo que tener un minino y dotarle de un territorio de captura e investigación es contrato tan valioso para casero como para locatario.
Incuestionable es que el animal tenía una querencia imprudente por ciertos equilibrios arriesgados y, desprovisto del vértigo que a mi me colma, caminaba indolente sobre cualquier alar o la más estrecha cornisa, pero dudo que no supiese medir sus pasos y calibrar el auténtico peligro. Lo cierto es que llevaba años conmigo y ha sido tiempo suficiente para hacer nacer rencores y odios mal disimulados, fuesen estos dirigidos ya a la persona, ya a la bestia. ¿No sería posible, pues, que algún vecino insidioso lo hubiese arrojado al vacío? Pensándolo bien y aún siendo ignaro en cuestiones de psicología gatuna, un detective aguzado no dejaría de conjeturar también en la teoría del suicidio, aunque yo la descarte radicalmente. Ya dije, contaba con un poder casi pleno, un territorio de libertad y para los gatos el hombre aún siendo una compañía prescindible es innegable que le reporta ventajas. Consecuentemente, he llegado a la más íntima convicción: Fue despeñado, al menos, por un residente de la casa, no descartando que el más enconado solicitase la colaboración de algún otro amigo o compinche, pues que, el edificio, hace bastante tiempo, tiene moradores de dudosa reputación.
Afligido por el incierto fin de mi micho, he dedicado todo este tiempo a la lectura de los diarios que se han hecho eco del suceso. Una nota predomina en los reporteros, la insufrible insensibilidad ante una peripecia como ésta. Claro que puede estar en la conducta de estos profesionales la asepsia propia del destripador forense o del carnicero al que solo mueve proveer de buenas costilletas a sus clientes, pero nadie se ha dirigido, hasta ahora a mí, ni para facilitarme algún consuelo ni tampoco ayuda conducente a averiguar el paradero del gato. No estoy seguro de que viva ni capaz de imaginar que se haya ido con otros. Brahms, sin su compañía, lo percibo ahora más lúgubre y mortecino.
El lector que haya llegado hasta aquí se preguntará si, dudosamente, este caso del gato es un problema político por muy extensivos que hagamos los problemas y muy universales las cosas de la ‘polis’. Habré de pedir disculpas por la frivolidad que representa poner por título mensajes que luego ni se explican ni tienen ningún sentido. Es cierto, aunque no del todo. Porque, aunque mi gato no se llamase ‘pepé’ ni haya otras claves que medio se acercan, la parte pequeña de inequivocidad es que si uno prescinde de la amistad de una gaviota y se conforma con un gato, el riesgo de estrellarse de éste no lo habría de tener aquella para la que el aire es, precisamente, el límpido papel en que se puede dibujar la libertad.
Autor: Carlos Vilas Nogueira
Escrito por Firmas invitadas en: 5 de Abril 2008 a las 09:42 AM Archivado en Firmas invitadas | Un gramo de Metafísica
Hombre Carlos, pues claro que tiene vertiente política la cosa de los gatos .... y de los perros. El mejor entrenamiento en el liberalismo es compartir tu casa con un gato o una gata. Ello es inimaginable en los dueños de perros. En mi casa tenemos una gata, Moni, en la cartilla veterinaria Kity, que tiene más cara que espalda. Vamos que va a lo suyo. Me despierta cuando tiene hambre, aunque sea a deshora. No tiene empacho en ponerse delante de la pantalla del ordenador si advierte que no le estoy haciendo ningún caso. Se acuesta a echar la siesta donde más me estorba. Si me tumbo a leer, se me pone encima del hombro. Y por supuesto ni se te ocurra mandarle. Pretender que un gato te obedezca es el camino más corto para la depresión. Otra cosa son los perros. Necesitan un dueño, como los socialistas. Por cierto, se me olvidaba. Que siento mucho lo de tu gato. No te puedo mandar uno porque mi gata no procrea, al contrario que Soraya.
Pues eso no puede quedar así. Hay que localizar al gato, hay que buscar al gato, hay que revisar los desvanes por si ha quedado encerrado el gato y hay que preguntarle a los vecinos por si alguno ha visto al gato.El mio me está mirando y con aire de profeta me dice que en el sabor de las pequeñas cosas cada corazón encuentra su mañana y se refresca.Estaremos pendientes.
Sr.Vilas:
Tres cosas me parecen en su artículo de lo más político, a saber:
-el gracioso andar de la panadera
-el enigma de las nubes
-entrar en tinieblas con la vista apagada, como ejercicio de adaptación...
...y por supuesto: la querencia imprudente por ciertos equilibrios arriesgados.-
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