19 de Abril 2008

Las cenizas de Pompeya (I)

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No se me asusten, no van a encontrar, por desgracia, a un discípulo de Mommsen; va de broma. Decía José Luís Coll que tenía en su poder un certificado médico que acreditaba que era alto; “¿vas a saber tú más que un médico?”, apostillaba ante el incrédulo. Yo soy humorista; tengo un escrito de mi fallecido padre que así lo hace constar; ¿van Vds. a conocerme mejor que mi papá?, pues no haya dudas. Entraremos en el tema histórico y sus protagonistas; seguirá, en una segunda parte, un sainete latino-napolitano y terminará con un epílogo lúgubre de resonancias heleno-samosatinas. Ni ‘brevitas’ ni ‘argutia’, porque ser humorista no tiene por qué significar otra cosa más que eso y si lo dudan les saco el certificado de mi padre.

Aunque la acción dramática no se inicia sino en el segundo capítulo, consideramos útil la familiarización con los personajes.

DRAMATIS PERSONAE

Plebeyos:
Zapatus Sandalio, el Circunflejo
Pepino Albus, Galaico
Teresiaca
Rub Al Kabar, el Sirio
Filipo Apolíneo, Hispalense
Spurius Chaves, El Viejo
Caius Alfonsus Bellum, el Bárbaro

Patricio:
Marianus Pontesvetera Scribano

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Introito.- Con la exhumación de las ruinas de la vieja ciudad romana nos llegó la documentación de sus avatares y, especialmente los referidos, a la gobernanza de sus últimos años, previos a la erupción que dejó la urbe sepultada en ceniza y lava y a sus habitantes convertidos en estatuas ahumadas. Dícese al respecto que la antigua oposición entre patricios y plebeyos había dado paso en los ulteriores decenios a una hegemonía de los representantes de la plebe, con la excepción de ocho años de dominio de un patricio bigotudo al que los dioses romanos abandonaron a su suerte. Ni Apolo, ni Júpiter ni Minerva, a los que se rendía culto se apiadaron de él.

La distinción entre plebeyos y patricios sólo lo era por razones de ascendencia y algunas arcaicas costumbres, pues por lo demás el venturoso comercio del puerto y la general pujanza económica de la ciudad habían limado cualquier diferencia escandalosa entre ellos que algún día sí había existido. Por mucho que se desgañitasen los ‘villanos’, los privilegios compartíanlos las dos castas frente a los esclavos y las que restasen eran esencialmente formales pero, curiosamente, no baladíes porque nutrían el contenido de los discursos que ediles y viejos senadores aireaban en el amplio Foro porticado. De ellos se habían desvanecido largo tiempo ha, la denuncia moral y el grave acento ético de tradición ciceroniana. Las luchas dialécticas, pero crueles, se establecían por cuestiones tales como el dominio de los derechos del mercado, las tasas a los pescadores y campesinos, el dominio de las termas y los derechos de acceso al teatro, el control de los correos ecuestres, los aranceles sobre estibas y mercadurías, los gravámenes por importación y exportación; en fin, la suma de cuanto constituía la hacienda pública que alcanzaba un montante ingente, en millones de ases.

Establecen y reseñan los anales los principales prohombres de aquella ‘cívitas’ en sus últimos años de existencia. Vamos a ellos. Aunque no pudiese sentarse en el ‘bisellium imperator’, cedidas años ha sus potestades, mantenía el empaque mayestático el veterano Filipo Apolíneo, también llamado Hispalense, por decirse proceder de tierras más al poniente. Habría que citar asimismo, porque lo hacen los anales ‘pompeyanos’, a Spurius Chaves, el Viejo, que con Caius Alfonsus Bellum —llamado también popularmente el Bárbaro—, habrían formado entre los años 45-60 de nuestra era una especie de triunvirato del que, curiosamente, era Chaves, el más secundario en un primer momento, el que conservaba una fuerte influencia en el dominio de cierta parte del territorio.

Un puente con los magistrados que regían el estado en el momento en que el Vesubio desbordó su furia volcánica (año 75), lo establecía un sirio misterioso, por nombre Rub Al Kabar, del que la población se hacía lenguas por su dominio del latín —y no es juego de palabras— habida cuenta de su ascendencia oriental y de poseer —por tal motivo de procedencia— dominio en ciertas artes nigrománticas y en el manejo de dados siameses. Bajo su toga se escondían los mayores secretos del estado y se alababa su capacidad para negociar tanto con las tribus extranjeras como con los romanos de la metrópolis.

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Pero, justo los años preliminares al gran “ocaso”, el triclinio de oro lo ocupaba Zapatus Sandalio, el Circunflejo. Qué decir de este personaje. Lerdo en oratoria, mediocre alumno del Ateneo, había seguido en tiempos las doctrinas escépticas para, llegado a las cercanías del poder, girar su evolución hacia el cinismo acomodaticio. Nada quedó en él, transcurrido su primer bienio de mandato, de las prédicas de Diógenes, al que había llamado su maestro tres veces treinta. Se suponía que la razón de su gobierno había que buscarla en acuerdos urdidos con los fenicios por el sirio Rub-Al e inimaginables las cábalas sobre de cuantas mañas habría tenido éste que valerse.

Sentado en su bisellium, a prueba de traidores, Sandalio cedió los dos curules más inmediatos a Pepino Albus, Galaico, y el otro a una pompeyana flaca de grandes ojos semitas que endulzaba dando a su cabello reflejos dorados. Esta excepción femenina en el gobierno de la ciudad tenía por nombre el de Teresiaca —quien en cuanto la ley permitiese a las mujeres tener más de un nombre pensaba hacerse llamar Augusta Teresiaca—, que daba con dosis larga de empalago la cara amable, aparentemente sincera, de la meliflua y fingida de Sandalio el Circunflejo, al que sus enemigos llamaban, simplemente Zapato. Pepino Albus, mano derecha de Sandalio, había viajado más allá de las torres de Hércules y desde las brumas atlánticas volvió con su apodo, los párpados semicerrados por los vientos del Septentrión y una malicia aguzada.

Continuará

Autor: Carlos Vilas Nogueira


Escrito por Firmas invitadas en: 19 de Abril 2008 a las 09:11 PM Archivado en Firmas invitadas

Comentarios

1 | vetton   20 de Abril 2008 a las 01:08 PM

¿Hablan los anales de un tal Josefo Bonus?.
Tengo entendido que vivió un tiempo en Pompeya, aunque no se si era patricio o plebeyo.

2 | Carlos Vilas Nogueira   20 de Abril 2008 a las 05:03 PM

Vamos a ver, Vetton, yo no soy erudito; me limito a una recreación dramática de los últimos tiempos. Efectivamente, los documentos pompeyanos hablan de dos Bonus. El primero y más antiguo parece ser que era un defensor de la falange como forma de ejército que entendía superior a la legión. El fallo del flanco izquierdo de la falange posiblemente dejó a Bonus a los pies de los caballos. El otro Bonus, probable hijo del primero, abrazó la fórmula legionaria con todo entusiasmo. A éste, Josefo Bonus, Salóbrigo, es al que te debes de referir. Amigo de los caballos y de retórica mareante se mantenía en un segundo plano hacia el año 75. Lo siento, pero no te puedo aclarar más. A ver si algún amigo de la Historia que frecuente Batiburrillo nos puede iluminar.

3 | vetton   20 de Abril 2008 a las 10:21 PM

Gracias, Carlos Vilas.
Es que hace poco se encontró una lápida en Segóbriga que decía algo así (esta muy deteriorada)
"Josefo Bonus, carpetón, turpis bovis pompeianeae"
y he supuesto que se refería a él.
Y algo parecía mentar a un tal Sandalius, pero como la lápida esta tan mal..
En fin. Gracias. Veremos como sigue. Creo que nos vamos a divertir.


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