
No tendría yo más de doce años cuando un ‘malvado’ profesor me hizo apoquinar –en la librería- algo así como cinco pesetas por un ejemplar del épico patrio ‘Cantar de Mío Cid’. Naturalmente que fue una tortura colectiva; sus maldades no habrían de centrarse sólo en un alumno medianejo, el que ahora mueve la rueda de la noria para extraer memorias de calzón corto y anhelos largos. Pero, miren por donde, me lo tomé con calor en aquella invernía y llegué a creerme un investigador medievalista avanzando de media en media palabra –qué sudores- de un autor aliado con el maestro en buscarle tres pies a Babieca que “corría más que el viento y saltaba mejor que un venado”. Llegué a la conclusión de que la ventaja de aquel anónimo era ser hijo de madre anónima. Entre los vocablos arrastrados con cadenas y los hemistiquios sacados de calderas de aceite hirviendo, los versos dejaban las lecturas del Quijote, en primaria, como gracioso tebeo. Incluso merecedoras de que el príncipe de los ingenios, Marcial Lafuente Estefanía, compartiese estrado con el falso manco –“por diestra mano que pierdas/ un brazo es más, o una pierna” (no busquen la cita, que me la acabo de inventar).
No sé, ni casi ganas tengo de saberlo, qué se estudia ahora, pero con la actual perspectiva parece que los infantes de Lara y los estudiantes de mi curso éramos contemporáneos. Del siglo XIII al XXI el tiempo avanzó en secuencias, primero demoradas y ahora ya saltamos del jueves al lunes y echamos los días del medio a la basura entre botella y jeringuilla. Verdad es que ‘democracia’ ni se citaba en el manuscrito ni soplaba por la meseta, pero sí nación, patria, honor y otras antigüedades (que, por cierto, unas están en venta, pero de otras ya no hay existencias). Y tantas rimbombancias se reducían a sentencias cartujas: O estudiabas o te cosían a cates y en casa a collejas, fueran estas más o menos simbólicas, que de todo había.
Pero, no recuerdo el motivo, por el que un imberbe ‘pidalista’ (de Menéndez Pidal), como yo, no viese esa película. Nunca, ni por la tele. Me refiero al Cid de Anthony Mann. Puede que el prestigio de las rancias letras me pareciese incompatible con el celuloide en ‘tecnicolor’ o que la portada del librito, comentado por Don Ramón, reflejase un Cid apuesto, pero adusto y cetrino –como castellano viejo-, y, aún con todo ello, más real en papel que el falso burgalés en “cartoon” franqui-yanqui. No obstante, tengo la sensación de que mi amor platónico (¡que remedio!), Doña Sofía Loren(zo) de la Napolitania no podía, sin mi permiso, encarnar a una Jimena, simple bosquejo del “anónimo” y tan lejos de la frescura exultante de la italiana que era cosa mía, especialmente por las noches. Debió de ser por opuestas razones, que Mann se llevó a una aldonza algo menos globosa y mucho menos histórica, una india castellano-manchega, por alias conocida como Sarita de los Campos de Montiel que esperaba, fumando en ‘chaise-longue’, a León Felipe.
El caso es que, hace poco, se nos ha ido de este mundo el último Cid. Ahora nos quedan el mito y el mito del mito. Heston era un cid norteamericano muy puesto en su papel de señor ‘usa’, defensor de las viejas dignidades, de los libertarios de la última frontera. Aunque a Franco se le imputen ahora todas las villanías, tacaño fue con Don Charlton al que le hubiera acaído muy propio algo así como el nombramiento de Barón de Santa Gadea. Hogaño, cuando uno se mesa la barbilla ante el plasma y va encontrando la bella (?) arruga, nueva de cada día, lo ve empuñando su rifle como un caballero de cualquier tierra defendiendo una de las pocas cosas importantes que van quedando, en tanto la ola mesocrática no las arrumbe sobre los restos de otros naufragios. En la última playa.
Autor: Carlos Vilas Nogueira
Escrito por Firmas invitadas en: 10 de Mayo 2008 a las 12:34 PM Archivado en Firmas invitadas
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