En la anterior entrega, dejamos a los árabes Yunán y Abdelaziz (identificados a veces como el jerife y el hijo de Musa, respectivamente) a punto de instalarse en la posada de Tiro. Retomo aquí la narración y anoto algo que considero importante: Nadie busque paralelismos con nuestros días, con la inserción de este diálogo simplemente se pretende orientar a los lectores de Batiburrillo, y animarles a que nos envíen sus originales, hacia un determinado tipo de narrativa.
El jerife y el hijo de Musa entraron en la habitación reservada para ellos. Se trataba de una estancia de mediano tamaño con cuatro camas separadas una a una mediante una especie de biombo oriental que cubría desde las cabeceras hasta casi la mitad de cada lecho. Al fondo de la estancia, junto a la ventana, advirtieron la presencia de otros dos huéspedes que se hallaban sentados sobre una de esas camas y que, al ver a los recién llegados, enrollaron con alguna precipitación un pergamino que se encontraba extendido entre ambos.
-Espero que no os moleste compartir techo —dijo el posadero—, estos clientes son tranquilos y cumplidores y no alterarán vuestro sueño.
-De momento no importa —respondió Abdelaziz—, pero como estaremos aquí unos días, cuanto tengas libre otra habitación nos la asignas a nosotros o les mudas a ellos. Se te pagará con generosidad.
-Así lo haré, mi señor Abdelaziz —contestó Ulpiano antes de salir.
Yunán y Abdelaziz se repartieron las dos camas vacías y depositaron en un armario varios objetos personales relacionados con el aseo. Ben Musa, no obstante, se dedicó durante un breve intervalo a revisarlo todo e incluso dirigió un saludo a sus vecinos de habitación.
-Salam —dijo Abdelaziz.
-Salam, nobles señores —contestó uno de los huéspedes, mientras el otro puso cara risueña.
Al oír la respuesta al saludo de Abdelaziz, Yunán, que hasta ese momento apenas había reparado en sus vecinos, creyó reconocer la voz y se fijó con atención en ellos.
-¿Eres Juan, verdad? —Preguntó Yunán, esperanzado en obtener un sí como respuesta.
-Sí, soy Juan. ¿Me conoces, amigo? —El personaje se incorporó y dio dos tímidos pasos hacia el jerife. Mientras, el acompañante de Juan introdujo el pergamino en el interior de su ropaje.
-¡Claro está que te conozco... y tú a mí! Soy Yunán.
-¿Yunán... el hijo del noble Sufián? —Preguntó a su vez Juan, quien ante los ojos del joven jerife apenas había cambiado desde que dejaron de verse unos ocho años atrás.
-Sí, sí, el hijo de Sufián. ¿Cómo estás, Juan? ¡Cuántos años sin verte!
Yunán se acercó a Juan y ambos se fundieron en un abrazo. Luego Juan agarró por los hombros a Yunán, le miró de arriba abajo y exclamó:
-¡Dios mío, cómo has crecido! Antes ya eras alto pero ahora casi me sacas la cabeza. No te hubiera conocido nunca si no me dices quien eres. ¡Y menudo bigote llevas!
Yunán comprendió en ese punto que su amigo Abdelaziz se sentiría algo incómodo y decidió presentarle a Juan.
-Abdelaziz, por favor, acércate, quiero que conozcas a un viejo y buen amigo.
Ben Musa, sonriente y amable como en él era natural, se acercó hasta ellos y ya de camino les dijo:
-Los amigos de Yunán son mis amigos. Y si a ti, Juan, él te considera un buen amigo, aquí puedes contar con otro. Soy Abdelaziz, hijo de Musa.
-¡El hijo del emir Musa! —Exclamó Juan, muy expresivo ante dos grandes sorpresas seguidas—. Conozco bien a tu padre, aunque hace mucho que no le veo.
-¿Conoces a mi padre? —Se extrañó el bonachón.
-Déjame decirte que Juan es hijo de Eugenio, que en gloria de Dios esté —medió Yunán—. En palacio, su padre era más conocido como Mansur el Logoceta (1). Eugenio, en sus últimos años, dependía directamente de mi padre.
-Ahora lo recuerdo, yo también conocí a Mansur en una de esas ocasiones en que acudí a palacio —afirmó Abdelaziz—. Créeme, Juan, siento mucho la muerte de tu padre. Me enteré lejos de aquí.
-Permitidme que os presente a mi acompañante: Se llama Gregorio, hijo de Marcelo, y ha efectuado un largo viaje desde Roma. En latín o griego podréis entenderos con él, puesto que desconoce el árabe.
-En ese caso es posible que nos entendamos todos —dijo Yunán—, el latín es un idioma que, sin gran fluidez, hablamos los aquí presentes. Gregorio, soy Yunán, bienvenido seas a nuestra tierra de Siria —añadió el jerife en latín.
-Gracias, Yunán, es un honor conocer a dos nobles árabes como vosotros —respondió Gregorio.
-Si me lo permitís, me gustaría invitaros a una cena mientras recordamos los tiempos de Mansur —propuso Abdelaziz.
-No podemos aceptar, nuestra condición de clérigos cristianos nos obliga a la frugalidad, y ya hemos comido a media mañana —rechazó Juan, mediante una frase que pese al rechazo sonó amistosa—. Si queréis, hablamos aquí de los tiempos de Mansur, mi padre.
Abdelaziz, que no concebía la vida sin sus buenas dos o tres comidas diarias, se sintió algo contrariado y respondió:
-A quien tenga apetito como yo, déjale primero que coma y después departe con él de lo que convenga. Os lo ruego, si no deseáis comer, al menos acompañadnos a la mesa y os tomáis un vino que os ayude a dormir, como suelen hacer algunos cristianos que conozco.
-¡Animaros! Siento deseos de conocer qué ha traído a Gregorio tan lejos de su tierra y sobre todo qué ha sido de ti, Juan, en estos últimos ocho años —secundó Yunán, más interesado en confraternizar durante un buen rato con su viejo amigo que en ingerir una de esas comilonas a las que Abdelaziz jamás renunciaba.
-Está bien —dijo Gregorio—, os haremos compañía en vuestra cena.
(1) Logoceta: Cristiano al servicio del Califa que se ocupaba de recaudar los impuestos entre los suyos.
Escrito por Policronio en: 23 de Septiembre 2008 a las 11:07 PM Archivado en Relatos
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