El pasado sábado, el inefable Pepiño comparaba la caída del Muro de Berlín con la caída de Wall Street, que es la manera más fina y disimulada, que se conoce hasta la fecha, de decir que nosotros no somos comunistas ni capitalistas, sino todo lo contrario, o sea, como Franco en todo su esplendor.
Ya sólo falta que aparezcan diez o doce judíos y otros tantos masones entre los ultraliberales que le han dicho a Bush que el plan de rescate de los estafadores se lo apruebe su señor padre y ya tenemos el panorama completo de la conspiración judeo masónica, de la que tanto provecho sacó el pagador de la primera soldada del académico Cebrián, para aguantar cuarenta años en el machito. Y todo ello, a pesar de los millones y millones de antifranquistas que andaban por estos pagos, a juzgar por el volumen del latazo que vienen dando de un tiempo a esta parte.
Y sí la primera de esas afamadas conspiraciones se constituyó para quitarle el sueño al primer jefe de Cebrián, esta tiene toda la pinta de haberse levantado para quitárselo al último de sus empleados. Aunque bien mirado, con lo bien que le come y lo sólido y buenorro que se muestra su sistema financiero con el Eterno Adolescente, no va a resultar ahora que cuatro catetos del midwest se lo van a merendar ellos solitos. A ver si ahora va a poder más Freddy Mac que Martinsa.
El caso es que, cuando en el ánimo de los amantes de la libertad pesaba como una losa la mínima posibilidad de que los congresistas norteamericanos se hubieran olvidado de por qué sus tritatarabuelos se hicieron a la mar en busca de fortuna, huyendo de una Europa que ya apuntaba maneras de lo que es hoy, una vieja desnortada y borracha en su complacencia de rica descuidada de sus asuntos, va un señor de Indiana, USA, y dice: "La libertad económica significa libertad para tener éxito y libertad para fracasar". Olé sus webs.
Que atrevimiento el de Indiana. Pero hombre de Dios, esto no se le hace a los más listísimos, estupendísimos y sofisticadísimos buitres de lo que no es de nadie: el dinero público. En respuesta al gallito, como no podía ser de otra forma, Francia, Bélgica y Luxemburgo, “el corazón duropa”, inyectan en la cosa financiera del casino europeo nada más y nada menos que 6.400 millones de Calvoeuros, que es la nueva versión de los billetes estampita, sustentadores del timo del mismo nombre, y que hizo furor en los setenta de la España mediopobre. La de Cebrián, por cierto.
No obstante, y para que no se diga que los ultraliberales no somos constructivos, yo aconsejaría a Rodríguez, por lo que pudiera pasar, que vaya pensando en despedir a los chiquicientos mil asesores monclovitas, y de paso, en cerrar los Ministerios de Cultura, Igualdad y Sanidad. Más que nada, por ver si así le queda algo al Estado para pagarle a él. Avisado queda.
Escrito por Carlos J. Muñoz de Morales en: 30 de Septiembre 2008 a las 03:18 PM Archivado en Corrupción | Economía
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