
Un chico de Tarrasa traza una diagonal con el balón, con destino telegrafiado hasta la demarcación de un chico de Juazeiro que, tras breve conducción del esférico, la envía en parábola envenenada al centro del área, donde un chicarrón británico acentúa la parábola, con dirección a un negrito del Camerún, que traza una recta, brevemente interrumpida por otro chico del mismo color, y cuyo lugar de nacimiento ignoro, con tal suerte, que un pibe de Rosario la recoge y se la entrega mansamente a un chico de Fuentealbilla, para que éste, de tremendo pepinazo, amargue la noche a un armario checo adornado de máscara y a otros de su militancia.
Convendrán conmigo que no hay fenómeno social más cosmopolita que el fútbol, desde que los empleados de Don Santiago Bernabéu se entretenían en mandar flores a las chicas más guapas de Madrid, en nombre y representación simulada de los jugadores extranjeros del club deportivo más grande del siglo XX, devenido en cueva de ladrones en el amanecer del XXI. ¿Con qué propósito? Evidente: para que se afanaran en resultar románticos en lengua española, aunque fuera en versión esperanto, y de ese modo, asegurar su disciplina biológica y horaria, tan beneficiosa para el deportista y la fama del club.
Sin embargo, los hijos de Andrés Iniesta, manchego de nacimiento y crianza, santo y seña del equipo de fútbol del club convergente catalán, por el momento, no tendrán tanta suerte en lo que a la seducción pasiva se refiere: estudiarán en catalán sí o sí. Y de segunda lengua, inglés. Sin duda, para que entiendan los insultos que la grada de Stamford Bridge le dirigió en su día a un árbitro noruego, en la noche que su padre desplazó en el corazón de los manchegos al insoportable y lenguaraz Pedro Almodóvar.
Escrito por Carlos J. Muñoz de Morales en: 8 de Mayo 2009 a las 01:06 AM Archivado en España | Especiales
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