Sufríamos y disfrutábamos la jodida, revolucionaria y reivindicativa edad de dieciocho años en los setenta, cuando, con un par, y poco después de reivindicar la españolidad de Gibraltar, a menos de veinte metros de la residencia del premier inglés, nos vimos silenciosos delante del kiosko de música de Hyde Park, escuchando el himno maldito para nuestros intereses.
Ni que decir tiene, que éramos un grupo de perfectos catetos provincianos, aunque no disfrutáramos de la categoría de ser destinados a comer en la cocina de cualquier gran hotel, navaja en mano. Siempre ha habido clases, incluso dentro de la paletería. Lo que no obsta, a que si hay que abrumar con un pedo glorioso al mismísimo Alcalde de York, tal que cambiando el agua al canario, pues se le abruma.
De todos esos recuerdos hice repaso ayer, cuando me vi ante la dinámica gastronómica patriótica que nos propone una final de la Copa del Rey del rey de los deportes, marca ZP.
Cuando uno se sienta ante la pantalla un cuarto de hora antes de la retransmisión en cuestión, tiene plena conciencia de que habrá de interrumpir la ingesta de la segunda cerveza, recién empezada, para escuchar con respeto el himno que toque. Sea el que sea, aunque no sea el propio, y aunque uno lo perciba como ofensivo.
Es por ello que, cuando los concurrentes a la visión del espectáculo prometido, nos vimos obligados a escuchar el himno, acompañado de una ración de magro con tomate, indicativo del descanso del evento, y en contemplación de esas caritas de pena, penita, pena de los esforzados de la geometría en movimiento, vulgo futbolistas, nos temimos que los wisquis habríamos de acompañarlos con la contemplación de la información del tiempo del telediario de las tres.
Una faena en toda regla lo de volver a empezar, cuando el hígado va justito.
Escrito por Carlos J. Muñoz de Morales en: 15 de Mayo 2009 a las 01:44 AM Archivado en Asuntos nacionalistas | Izquierdismo
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