“El siniestro rostro del capitalismo sin control
En otras circunstancias el inmigrante boliviano Franss Rilles jamás habría saltado a las portadas. Posiblemente su vida se reduciría a trabajos mal pagados, giros puntuales a la familia y el sueño de un futuro mejor para los suyos. Estas esperanzas se verían con frecuencia asperjadas de las lágrimas más amargas, aquellas que se derraman en soledad y lejanía.
Pero ayer todos los medios nos reflejaron la imagen de este inmigrante abatido de dolor y con un brazo amputado. En su cama de hospital hemos podido contemplar el rostro siniestro, babeante de codicia, de ese capitalismo sin reglas que provoca orgasmos entre la canalla neocon.
Según la denuncia, este trabajador era explotado ilegalmente en clara infracción del Código penal.
Obviamente, deberá ser un juez quien valore estos hechos pero, a salvo la presunción de inocencia, podríamos encontrarnos ante el artículo 311,1º del Código penal: “Los que, mediante engaño o abuso de situación de necesidad impongan a los trabajadores a su servicio condiciones laborales o de Seguridad Social que perjudiquen, supriman o restrinjan sus derechos…”.
También podría resultar de aplicación el artículo 195 que tipifica la omisión del deber de socorro, así como el 316 y 317 del mismo cuerpo legal que refiere la infracción de normas de riesgos laborales y condiciones de seguridad y, por supuesto, el artículo 318 bis referido a los delitos contra los derechos de los ciudadanos extranjeros, especialmente en su apartado 3 que tipifica la conducta realizada con ánimo de lucro y en abuso de la situación de necesidad de la víctima.
Según la denuncia, Franss Rilles trabajaba por un sueldo muy por debajo del que debía recibir. Era, por tanto, vilmente explotado. En esas condiciones infamantes sufrió un accidente que le segó el brazo. Todo apunta a que los sistemas de prevención de accidentes habían sido desactivados por los empresarios para que no se parara la producción.
“Si te preguntan, comenta que tuviste un accidente pero no digas nada de la empresa” denuncia que le fue dicho cuando la máquina le desgarró la extremidad. Cuesta trabajo imaginar un comportamiento más despreciable.
Según la denuncia, fue abandonado a doscientos metros del hospital, chorreando sangre, con un dolor que le taladraba los tuétanos… “pero de la empresa no digas nada, eh”.
Mientras, continúa la denuncia, esos mismos individuos, que pagaban sueldos ilegales y anulaban las condiciones de seguridad, tiraban el brazo amputado a la basura para borrar las huellas del crimen.
Y no nos engañemos, estos hechos constituyen un trasunto de la chisporreante codicia del capitalismo, aquella que se cobra vidas y salud sobre la necesidad y el miedo, sí, la codicia del capitalismo que lo equipara tantas veces con el terrorismo. Terrorismo laboral, pero, a fin de cuentas, terrorismo.
¿Cuántas casas lujosas, coches de gran cilindrada, campos de golf, joyas y derroches se alimentan del sudor y la angustia de millones de Franss Rilles?
¿Cuántos niñatos, hijos de otros empresarios sin conciencia, estudian en centros exclusivos para perpetuar una desigualdad de clase sobre infortunados como Franss Rilles?
Afortunadamente, CCOO denunció los hechos. Un sindicato, eso que tanto molesta a Esperanza Aguirre, ha permitido que este hecho no quede impune. Pero…¿cuántas desgracias ocurren a diario y son encubiertas por la mugre codiciosa de ese capitalismo sin reglas que entre risotadas jalean Aznar, la lideresa, la FAES…?”
No podía ser otro ni en otro lugar.
Escrito por Carlos J. Muñoz de Morales en: 13 de Junio 2009 a las 03:07 PM Archivado en Izquierdismo
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