
Esa jerarquía se aprecia claramente a la hora de dar buena cuenta de la comida que se les echa a las gallinas. Las primeras que comen son las viejas, dotadas de una buena cresta, señal inequívoca de que el gallo no las molesta y ni se le ocurre. Se ganaron el derecho a comer las primeras, después de aguantar al gallo de turno e incubar decenas de huevos, en procura de conservar la especie.
Después, o raramente a la vez, el gallo, y luego, las parias de la tierra: las gallinas de media cresta o simplemente inexistente, por estar a jornada completa, a disposición del gallo. Y sabiendo cada una y uno a qué atenerse, la tranquilidad del corral está asegurada.
La cosa se complica en el corral humano. Más que nada, porque entran en juego el honor familiar, la cultura y la moral dominante. Por este orden. En aquel no es suficiente que todos satisfagan sus necesidades más primarias. Además, hay que satisfacerlas sin dejar a nadie en ridículo, en armonía con la opinión dominante y además, sin la reprimenda de los forjadores de la conciencia.
Ni que decir tiene, que el gran problema del corral humano es la existencia de muchos gallos, de distinta posición, pero gallos al fin y al cabo. Y que no todos tienen posibilidad de descrestar todas las gallinas de la que son capaces, o que solo son capaces de descrestar por cauces tenidos por el conjunto de las gallinas con cresta, y acompañamiento, como “anormales”.
Ello más o menos se solventa, o se solventaba, como se solventan o solventaban estas cosas entre los humanos: con un gran sentido de la utilidad y con otro tanto de hipocresía, último baluarte de la civilización.
Y así surgen dos de las instituciones que tradicionalmente han dado la mejor respuesta a la diferencia de fogosidad de los machos y hembras humanos, que es algo más que el manido de que la jodienda no tiene enmienda: la querida y la puta de mesa camilla, tan apreciada por jueces, directores generales y demás ralea, o sea, antecedentes de los pijos botelloneros de los de ahora, porque el sueldo no daba para más.
Y en esto que llega ahora Doña Ana Botella, asustada sin duda por la magnitud del gallo que le ha tocado en suerte, poniéndose en plan obispo de los cincuenta.
Mire, Doña Ana. La lujuria es un pecado perdonable y perdonado. Por el contrario, para la estupidez, no hay solución y el perdón no tiene competencia.
Escrito por Carlos J. Muñoz de Morales en: 13 de Septiembre 2009 a las 01:05 AM Archivado en Especiales | Personajes
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