
A Dios gracias, que la imagen del españolito bajito, calvo y con malísima leche ya va siendo cosa del NODO y las hemerotecas. En parte, gracias a que va sabiendo desprenderse de comportamientos atávicos inducidos por el machismo, que le obligaba, entre otras cosas, a mantener contra viento y marea a la familia. A cazar solo.
Abandonar el machismo ha supuesto una liberación para la mayoría de los hombres, que han sustituido la presión de sostener y alimentar a la pareja y la prole, en exclusiva, por la más grata compañía de la aspiradora, la fregona, el lavavajillas, etc. por no hablar de una conquista nada irrelevante: la contemplación diaria de una mujer guapa a su lado, que se arregla para ir a trabajar. Nada comparado con lo de su padre o abuelo que, con un poco de suerte, veían guapas a sus mujeres los domingos para ir a misa. Y pare usted de contar.
Lo cierto es que la antañona mala follá consustancial al españolito medio se va trasvasando de manera indisimulada a la mujer media española, que ha crecido con la cantinela feminazi de que ser madre, ama de casa y educadora principal de los hijos era castrante, que lo mejor era liberarse del yugo impuesto por el padre, primero, y por el esposo después, mediante un trabajo remunerado, lejos, bien lejos del hogar.

Pero ello no deja de ser una perfecta simpleza, más que nada, porque trabajar fuera del hogar y verse en la obligación de traer dinero a casa ha supuesto para nuestras mujeres darse de bruces con la otra realidad, desconocida para ellas, hasta ahora: la de la competitividad despiadada del mundo laboral y profesional, antes reservada al disfrute masculino.
Pero ahora no hay vuelta atrás, más que nada, porque los hombres no nos vamos a dejar.
Escrito por Carlos J. Muñoz de Morales en: 24 de Octubre 2009 a las 12:15 PM Archivado en Especiales
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