17 de Marzo 2010

La muerte y el IVA

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Afirmaba Benjamin Franklin que nada hay seguro en este mundo, salvo la muerte y los impuestos. Desde luego, no le faltaba razón al insigne científico y político estadounidense: Si algo nos ha de acompañar indefectiblemente es el tributo que grave al menos determinadas actividades que desempeñemos a lo largo de nuestras vidas. Y si alguno de ellos destaca por su carácter especialmente inevitable, ese es el impuesto al consumo, que, como el IVA, se aplica sobre productos y servicios vendidos, y del que en consecuencia resulta particularmente difícil librarse.

Aún así, el PSOE y sus terminales mediáticas ponen su grito en el cielo y denuncian que la campaña del PP de Madrid contra la subida del impuesto promueve en realidad nada menos que la 'insumisión fiscal'. ¿Y en qué ha consistido exactamente el pecado? En la utilización de la palabra 'rebelión', que, aunque en boca de un 'progre' denota una atinada reacción ante un flagrante acto de injusticia, si la pronuncia alguien de la derecha es una intolerable incitación a la desestabilización y al incumplimiento de las leyes, cuando no un acto de puro fascismo. De ahí que el mismísimo Zapatero, como buen experto en campañas políticas que es, se viera obligado a asesorar gratis a doña Esperanza Aguirre para sugerirle el empleo de un término, digamos, más neutro y menos 'perturbador'. Parece no acordarse el presidente de su participación como líder de la oposición en determinadas manifestaciones, en las que la 'rebelión' contra el Gobierno de entonces era de tal calibre que se les llamaba 'asesinos' a sus miembros, además de derivar en asaltos a sedes del PP y agresiones a sus afiliados. Deleznables episodios que todavía no han merecido su condena, por cierto.

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En cualquier caso, por ahora nadie ha sido capaz de explicar de qué manera se puede instigar a los ciudadanos de a pie a que no paguen un impuesto indirecto como es el IVA, que han de tragarse de todas todas. Porque precisamente la razón fundamental por la que el Gobierno socialista ha decidido subir ese impuesto reside en que grava, entre otros, la venta de productos y bienes de demanda inelástica; es decir, de aquellos que, por su gran incidencia en la vida diaria de los consumidores (electricidad, agua, gasolina, medicinas...), y muy a pesar del más que probable y consecuente incremento de sus precios, no deberían sufrir variaciones significativas en su demanda. De esta forma, se supone que el Estado aumentará sus ingresos para empezar a enjugar el déficit galopante que padece, pues de lo que se trata en realidad es de que entre todos paguemos los despilfarros y dispendios de estos años de zapaterismo; sin que, sin embargo, el Ejecutivo haya emprendido una drástica reducción del gasto público.

Hay quienes, incluso desde perspectivas del liberalismo económico, consideran preferible subir este impuesto al consumo a hacerlo con el IRPF, lo que desde luego sería más gravoso y de consecuencias todavía peores. Pero no hay lugar a elegir entre los males, el menor: El incremento del IVA, que perjudicará a las economías domésticas y afectará de lleno a sectores de tanto peso como el automovilístico y el turístico, va a ser letal para una economía como la nuestra, maltrecha y en estado de coma. Porque, en unos momentos en los que precisamente se hace necesaria una reactivación de la economía, no debería proceder una medida que penaliza y retrae el consumo; y que, asimismo, induce más a la economía sumergida que las más duras campañas en contra del IVA que se hagan. Algo que, además, y tal y como nos muestra la historia moderna, también acabará repercutiendo en la recaudación del Estado, que, en contra de las previsiones del Gobierno, se verá sensiblemente mermada.

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Subir un determinado impuesto, y más si se significa particularmente por esa ineludibilidad a la que hacía referencia Franklin, puede parecer el camino más fácil e inmediato para sanear las cuentas del Estado. Sin embargo, la experiencia reciente, concretamente la de los Gobiernos de Aznar en comparación con los socialistas, ha demostrado la plena aplicación a la realidad de la curva de Laffer: A más impuestos, menos actividad económica y, en consecuencia, menos ingresos fiscales; en cambio, a menos impuestos, más actividad económica y, por tanto, más ingresos fiscales. Iniciativa que, por supuesto, ha de combinarse con una rigurosa política de reducción del gasto público. Pero, claro, todo esto suena tan 'neoliberal' que tira de espaldas a nuestra irreductible izquierda, empeñada en que los españoles sigan disfrutando de las mieles que provee el socialismo.

Texto: Pedro Moya
, editor de Apuntes en libertad

Escrito por Firmas invitadas en: 17 de Marzo 2010 a las 07:08 PM Archivado en Economía | Firmas invitadas

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