26 de Marzo 2011

Una reacción antiliberticida

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Negros son los nubarrones que se ciernen sobre este país. Rememorando tiempos pretéritos, que no necesariamente fueron mejores, parecen haberse convertido en moda las agresiones de extremistas anticlericales contra la libertad religiosa de los católicos.

Conocidos son las recientes acometidas de estos vándalos a distintas capillas universitarias en Madrid y Barcelona; esta misma semana, las hordas bárbaras de “quema conventos” convocaban a través de internet a sus huestes para asaltar la capilla de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia.

En una reciente entrada en Batiburrillo, exponía la posibilidad de que las sistemáticas profanaciones de lugares de culto católico hallasen respuesta por parte de quienes se sienten ultrajados por las acciones violentas de los fanáticos de turno: esto es lo que ha sucedido en el caso valenciano.

A la agresiva cita anticatólica acudieron, veloces como el rayo, menos de diez elementos. Es descabellado pensar, no obstante, que la escasez en número los amedrentase lo más mínimo: es sabido que la osadía de tamaños energúmenos no conoce límites y, a buen seguro, esperarían compensar su debilidad numérica con sus excelsas aptitudes para la bronca y la pendencia, aptitudes que en ningún caso habré de regatearles: a Dios lo que es de Dios y a los violentos lo que es de los violentos.

Pero, hete aquí, que no son pocos los que están hasta los mismísimos de aguantar ofensas gratuitas y decidieron impedir que se perpetrase una nueva bellaquería: morrocotudo debió de ser el pasmo de los revoltosos ante lo que se preveía un trabajo fácil cuando se encontraron en la puerta de la capilla valenciana con más de cien personas dispuestas a frenar la nueva tropelía. Dado que la valentía personal no suele ser virtud que distinga a los canallas, decidieron estos dejar para mejor ocasión su liberticida iniciativa, pensando, sin duda, que si bien está propinar estacazos, cosa bien distinta es arriesgarse a recibirlos.

La moraleja de esta historia, creo yo, está bastante clara: si los encargados de garantizar que los derechos de los ciudadanos no sean arbitrariamente conculcados hacen espantosa dejación de funciones e, incluso, dan alas a los totalitarios, a los comprensiblemente cabreados ciudadanos no les quedará más remedio que defenderse por sus propios medios. Y el peligro de estas cosas es que sólo se sabe como empiezan, que acabar pueden acabar de cualquier forma y les aseguro que no vale la pena. No lo digo yo: lo dicen el sentido común y la historia.

Escrito por Rafael Guerra Sandá en: 26 de Marzo 2011 a las 05:50 PM Archivado en Actos violentos o coacciones | Arbitrariedades manifiestas | Religión

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