
Entre el número de los personajes curiosos y pintorescos cuyos nombres están inscritos, con mayor o menor gloria, en el libro de la Historia de España se cuenta a buen seguro el del general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, marqués de Estella y bon vivant amante de los más concupiscentes placeres terrenales. Tras un incruento golpe de estado el 13 de septiembre de 1.923 –saludado entusiastamente por gran parte de la opinión pública española– Primo de Rivera a la cabeza, según sus palabras, de un “movimiento de hombres; el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón” se erigió en dictador y se mantuvo en el poder hasta 1.930.
Tal vez la característica más chusca del mandato del marqués de Estella fuesen las incontables notas oficiosas publicadas por el general que, versando sobre lo divino y lo humano, brotaban de su prolífica pluma en irrefrenable y guasón torrente. Entiende don Ricardo de la Cierva que, merced a las notas del general y dictador, la Gaceta de Madrid “se convirtió en lo que jamás fue antes ni después de él: una hoja imprevisible, apasionante y hasta humorística”.
Traigo hoy a Batiburrillo una de las célebres notas de Miguel Primo de Rivera, en la que queda fehaciente constancia de sus excelsas cualidades como economista, nutricionista, organizador doméstico y decidido europeísta. Leída casi un siglo después no deja de provocar una sonrisa, lógica consecuencia de la ingenua mezcolanza de surrealista paternalismo y espontaneidad que destila. Comparando esta nota con los discursos de los políticos actuales, es seguro que mucho han cambiado las formas… el fondo, salvo honrosas excepciones, tal vez no tanto. En fin, habla (escribe) el dictador Primo de Rivera:
“En España se come mucho y se trabaja poco. Un 10 por ciento actuando en menos sobre lo primero y en más sobre lo segundo bastaría para nivelar la economía nacional. El plan de vida en España de las clases medias y pudientes es disparatado. La comida o almuerzo, que no se sabe bien lo que es ni cómo llamarlo, de las dos y media a tres de la tarde; la comida o cena, de las nueve y media a diez de la noche, son un absurdo y un derroche y una esclavitud para la servidumbre doméstica, obligada a trabajar hasta casi las doce de la noche. Bastaría sólo una comida formal, familiar, a mantel, entre cinco y media a siete de la tarde, y después, los no trasnochadores, nada; los que lo sean, un refrigerio y antes un pequeño almuerzo o desayuno de tenedor a las diez y media u once de la mañana, y los madrugadores podrían anticipar de siete y media a ocho una taza de café.
Tal sistema es mucho mejor para la salud; y, además de combatir la obesidad, ahorraría luz, carbón y lavado de mantelería; dejaría libres unas horas de la mañana y otras de la primera noche, permitiendo que los espectáculos se desarrollaran de nueve a doce de la noche y sería cómodo para el trasnochador y el madrugador, poniéndonos a compás y tono de Europa. Acaso la dictadura debió acometer este problema en su momento inicial”.
Escrito por Rafael Guerra Sandá en: 9 de Noviembre 2011 a las 10:50 PM Archivado en España | Especiales | Históricos | Personajes
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